El sentido principal del Adviento es la espera. Las lecturas de este tiempo litúrgico nos recuerdan que el pueblo de Dios esperaba con gran ilusión la venida del Mesías prometido; pero su llegada, ocurrida ya en el tiempo, probablemente no fue como la mayoría de la gente la había anticipado: Nació como un Niño pobre en un lugar indigno; vino en el silencio y la oscuridad de la noche, y apenas unos pocos pastores fueron a recibirlo. 

Su llegada, no obstante, iluminó con su Luz las tinieblas nocturnas e hizo que las cortes celestiales prorrumpieran en cánticos divinos. Es algo que la Natividad del Señor continúa haciendo hoy en día; pues ahora también esperamos su regreso como Rey Glorioso y Juez Misericordioso. Cada capítulo de la vida de Cristo es portador de maravillas: La selección de los primeros discípulos, su cruel muerte en la cruz y su Resurrección contradicen lo que la mayoría de la gente pudo haberse imaginado. Dios siempre tiene grandes sorpresas para sus hijos.

El Adviento nos recuerda que todavía vivimos en una época de gran expectación y que hemos de estar preparados para las sorpresas que nos brinde el futuro. Toda la familia humana espera igualmente el fin de esta terrible pandemia, y nos sentimos esperanzados al enterarnos de la exitosa evolución que se ha anunciado de varias vacunas y que el mundo científico-médico promete que serán una solución eficaz para este mortal virus. Todos debemos esperar con gran interés esta medicina. 

Hay sin embargo ciertas personas que tal vez están indecisas de aceptar o no la inyección, por temor a que traiga otras consecuencias. Aun así, todos anhelamos que llegue el fin de los trastornos que durante demasiado tiempo ha provocado el coronavirus en nuestra vida en común. Estamos, sin duda, deseosos de recibir la sanación y la salud que tanto anhelamos. 

Con todo, también es preciso estar dispuestos a esperar que de la conclusión de esta terrible pandemia surja una nueva realidad. El papa Francisco, recordándonos que no hemos de salir de esta global coyuntura tal como entramos en ella, ha dicho: “Para salir mejor de esta crisis, tenemos que recuperar el conocimiento de que como pueblo tenemos un destino compartido. La pandemia nos ha recordado que nadie se salva solo. Lo que nos une es lo que comúnmente llamamos solidaridad. La solidaridad es más que actos de generosidad, por importantes que sean; es el llamado a aceptar la realidad de que estamos atados por lazos de reciprocidad. Sobre esta base sólida podemos construir un futuro humano mejor y diferente.” 

 Dios bien puede darnos sorpresas que nos hagan regocijarnos en la novedad de estar unidos en Cristo y entre nosotros. La vida litúrgica comunitaria se reanudará, pero espero que sea con bastante mayor intensidad y con una apreciación más profunda de la maravilla que significa estar juntos adorando a Dios, después de una prolongada ausencia de interacción personal. Esperamos que pronto llegue el momento en que podamos congregarnos ante el Señor en oración, con cercanía y sin temor.

El tiempo del Adviento nos recuerda, en definitiva, que Jesucristo también nos trae una sanación salvadora y que restaura el bienestar del atribulado mundo en que vivimos. En este Adviento, mientras esperamos la venida de Cristo, bien haríamos en considerar las enfermedades del alma, que siguen destruyendo la armonía en el mundo. Necesitamos que Cristo sane y redima nuestra atormentada humanidad.

En diversos sentidos, la llegada de Cristo es mucho más importante incluso que las vacunas que estamos esperando. El Señor puede infundir un renovado espíritu de esperanza y paz al mundo actual tan maltratado y fragmentado, por lo que hemos de estar dispuestos a reconocer que nuestro futuro puede ser mejor de lo que ahora podemos imaginarnos. El Señor es un Dios de sorpresas. Durante estas semanas finales del Adviento, en que el mundo se prepara para recibir las vacunas por las que oramos que pongan fin a la pandemia, es bueno tener el corazón preparado para recibir aquello que Dios haga por nosotros, algo muy por encima de nuestros anhelos más descabellados. Así como el Bebé nacido en un establo llegó finalmente a aceptar la Cruz para luego resucitar de entre los muertos, lo que Dios hace siempre se encumbra mucho más alto de lo que jamás podríamos esperar o incluso desear.