No es muy frecuente que las sociedades tecnológicamente avanzadas se vayan quedando a la zaga del Vaticano en la utilización de los aparatos contemporáneos; pero en ocasiones sucede. La semana pasada, me correspondió bendecir y dedicar los paneles solares instalados en un campo adyacente a la residencia de las Misioneras de la Caridad en Washington, DC. Fue una magnífica demostración de un compromiso de cooperación que ha enlazado a las hermanas de la Santa Madre Teresa en el hogar Don de la Paz con Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington, el Gobierno del Distrito de Columbia, el programa Catholic Energies y las empresas IGS Solar y Solar Energy Services para el diseño y la construcción de este proyecto, que dará como resultado la disponibilidad de una matriz de 5.072 paneles solares en el predio del hogar Don de la Paz, que suministrará energía eléctrica a unos 350 hogares. La energía que se genere compensará los costos del suministro eléctrico en 12 centros de Caridades Católicas situados en el Distrito de Columbia. El Vaticano ya había instalado paneles solares en el Aula Pablo VI (el Auditorio Nervi) bajo el liderazgo del papa emérito Benedicto XVI en noviembre de 2008, es decir, más de una década antes que nuestro proyecto.

Esta iniciativa local es otro ejemplo de uso racional y prudente de nuestros recursos naturales. Tengo la sospecha de que pronto podrían desarrollarse nuevos proyectos en vecindarios de nuestra comunidad, pues el ahorro económico y los beneficios ecológicos de la energía solar probablemente convencerán a otros de la sabiduría que asiste a este tipo de empresa conjunta. Un resultado adicional, igualmente beneficioso de este emprendimiento, es que sirve como imagen de bienvenida de lo que puede lograrse mediante un esfuerzo colaborativo que reúna a la Iglesia, el gobierno y la industria para promover el bien común. Uno de los participantes en nuestra ceremonia inaugural fue un párroco de otra diócesis cuya parroquia funciona con electricidad totalmente suministrada por energía solar, lo que se traduce en un enorme beneficio financiero para los feligreses, aparte de las ventajas medioambientales que representa.

En 1990, San Juan Pablo II publicó la siguiente declaración en la introducción de su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “Ante el extendido deterioro ambiental, la humanidad se da cuenta de que no se puede seguir usando los bienes de la tierra como en el pasado. La opinión pública y los responsables políticos están preocupados por ello, y los estudiosos de las más variadas disciplinas examinan sus causas. Se está formando así una conciencia ecológica, que no debe ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas.” 

Si bien a menudo se da la impresión de que el papa Francisco ha introducido esta nueva preocupación por el medio ambiente, la verdad es que tanto San Juan Pablo II como Benedicto XVI ya habían instado en forma enérgica a la Iglesia y a todas las sociedades a ser más conscientes del valor inapreciable que tienen el mundo natural y aquellos elementos que son confiados a cada generación para transmitirlos a las generaciones venideras.

El papa Francisco ciertamente ha aportado una mayor especificidad a los crecientes problemas que afrontamos conforme las preocupaciones medioambientales del mundo se han ido agravando en los últimos decenios. Tanto en la Arquidiócesis de Atlanta como ahora aquí, en la Arquidiócesis de Washington, me complace muchísimo seguir los ejemplos de estos Sumos Pontífices y poner de relieve maneras en las que podemos adoptar un criterio práctico para la preservación y el uso de las cosas buenas de la Tierra, para nosotros mismos y para todos aquellos que nos sucederán. No se trata simplemente de una responsabilidad industrial, política o científica; es una obligación que todos tenemos como creyentes en la verdad del Libro del Génesis 1, 31: “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno.” Sigamos, pues, contemplando la creación con los ojos de Dios.