Cada una de las grandes comunidades religiosas de las que he tenido noticias cuenta con su propia temporada de oración y penitencia, épocas de observancia espiritual que, por lo general, consisten en hacer un ayuno más frecuente y una oración más intensa, prácticas que suelen ir acompañadas de alguna actividad de extensión en beneficio de los pobres como fruto del espíritu de la temporada.

Acabamos de empezar el santo tiempo de Cuaresma, que se caracteriza por las prácticas religiosas, comenzando con la recepción de las cenizas y continuando con la abstinencia de comer carne los días viernes, las observancias del ayuno del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, así como nuevas oportunidades para intensificar la oración durante los 40 días del tiempo cuaresmal. Las obras de caridad, que también forman parte de la esencia de la Cuaresma, a veces van pasando a segundo plano en nuestra atención, mientras las prácticas penitenciales se abren paso hacia el primer plano durante esta santa temporada.

Conforme hacemos ayuno y abstinencia durante la Cuaresma, estas experiencias personales de pasar hambre son modestos recordatorios de aquellas hambres profundas que marcan las circunstancias cotidianas de la vida normal de los pobres. Por ello, esta temporada nos anima a considerar la posibilidad de ofrecer una parte de lo que podríamos sacrificar en beneficio de los estratos más menesterosos. Asimismo, deberíamos hacer oración por las necesidades de quienes carecen de todo y cuyas tribulaciones persisten muchísimo más allá de estos 40 días. En efecto, la abstinencia de alguna satisfacción personal durante la Cuaresma debería servirnos para abrir el corazón a una mayor sensibilidad frente a las escaseces diarias que padecen los pobres. 

Durante mi reciente visita a la parroquia de San Francisco de Asís, en Derwood, una señora se detuvo a preguntarme cómo podía la Arquidiócesis de Washington ampliar sus programas de ayuda social que conectan a algunas de nuestras parroquias, incluida la de San Francisco, con parroquias situadas en Haití. Se advertía que ella estaba muy orgullosa de la relación de larga data que existe entre algunas comunidades haitianas y la parroquia de San Francisco, de modo que le recordé que varias de nuestras parroquias gozan actualmente de relaciones cálidas y llenas de vida con otras comunidades localizadas en tierras de misión y regiones de menor desarrollo relativo del mundo. En efecto, disfrutamos de una excelente presencia misionera en el país africano de Togo, de numerosas relaciones de hermandad con parroquias de Centro y Sudamérica y África, de una importante relación de apoyo con la Diócesis de Santo Tomás en las Islas Vírgenes, y en diversos otros lugares de los que recién me estoy enterando. El corazón de esta Iglesia local destila generosidad, y la Cuaresma es una temporada en la que podemos tratar de acrecentar más aun esa generosidad.

Existen igualmente numerosas oportunidades similares para aunar nuestros esfuerzos de caridad con los de otros feligreses y grupos vecinos para luego encaminarlos hacia las comunidades que sufren necesidad y que dependen de nuestra compasiva labor de extensión. La Cuaresma es un tiempo ideal para llevar a cabo un servicio caritativo de extensión como fruto de la generosidad de nuestra vida de oración y de prácticas penitenciales.

Si alguno de estos u otros tipos de programas de hermanamiento de parroquias es algo sobre lo cual su comunidad quisiera despertar una mayor conciencia y sensibilidad en otros feligreses, o bien intensificar o iniciar campañas parecidas, eso sería una obra de caridad de una parroquia dotada de todas las señales de una comunidad que comparte su preocupación por todos aquellos que se beneficiarían muchísimo de su bondad y compasión. A todos aquellos feligreses que ya están involucrados en programas duraderos de asistencia colectiva a las comunidades misioneras, les ofrezco mi sincero agradecimiento en mi propio nombre y en el de todos aquellos que se benefician de su generosidad y su bondad comunitaria.