Recientemente he escuchado dos palabras que no había oído en mucho tiempo: plaga y peste. Las dos se mencionan muchas veces en las Escrituras, y las dos van marcadas por connotaciones de un pasado tenebroso y lejano. Ya sean las de naturaleza bíblica, medieval o moderna, todos hemos tenido noticias de pandemias del pasado. La peste bubónica que diezmó Europa en el siglo XIV y la gripe española que causó estragos a principios del siglo XX fueron acontecimientos que solo a los historiadores y los profesionales de la medicina interesan en estos días de un modo más que pasajero. 

Desde el inicio del siglo actual nos tocó enfrentarnos con otros dilemas sanitarios de alcance mundial —como por ejemplo el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, sigla en inglés), el virus del Ébola, el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, sigla en inglés) y la influenza (gripe) porcina— pero incluso su importancia disminuye a menos que nos hayan afectado directamente a nosotros de alguna manera. Separados por el tiempo y la distancia, y con el refuerzo de lo que parecen ser avances casi instantáneos de la medicina moderna, podemos descansar tranquilos. 

Pero lo que enfrentamos con el COVID-19 nos resulta inquietante porque es tan impredecible, tan generalizado, tan cercano y tan actual. Conforme las distancias se acortan en nuestro planeta, eventos que suceden al otro lado del mundo rápidamente van apareciendo en nuestros propios barrios y hasta en nuestros hogares, y esto nos hace sentirnos tanto preocupados como responsables los unos de los otros de un modo que hace apenas unas semanas no nos hubiéramos imaginado.

Un virus que parece haberse originado al otro lado del mundo y que ahora está por todas partes nos ha alterado la vida en forma indefinida. Pese a los encomiables esfuerzos que se han hecho, nuestros médicos y científicos no han podido paliar la preocupación que nos embarga. Se trata de una enfermedad que nos hace pensar en lo muy frágiles que somos, lo poco que podemos controlar las situaciones y cuán completamente dependemos de Aquel que nos creó y que vela por nosotros.

Confieso honestamente que nunca pensé que llegaría a vivir en una época en que las mismas circunstancias alarmantes que nos llevan a los católicos a querer reunirnos más asiduamente para la adoración, la oración y la solidaridad nos impidan ahora poder hacerlo en forma segura, cuando hay tantos, de una generación que busca su más profunda consolación en la Misa, que se encuentran en mayor riesgo simplemente por participar en ella. 

Jamás me habría imaginado que, siendo obispo, un día mi mejor opción pastoral no sería ampliar el acceso a la Eucaristía, sino suspenderla, y mucho menos en una ocasión de angustia en la Iglesia y en todo el mundo. Incluso el término "distanciamiento social", aunque científicamente se entiende como el criterio más eficaz para evitar la potencial catástrofe que es el coronavirus, parece una total contradicción de la misión que tiene la Iglesia de Cristo de ir y hacer discípulos. 

Con todo, incluso en la incertidumbre de la situación actual, si estamos bien dispuestos, Dios utilizará esta coyuntura para acercarnos más a su lado y lograr una mayor unidad entre unos y otros. Aunque de mala gana tenemos que distanciarnos físicamente para detener la propagación de este atroz virus, nos damos cuenta, incluso yo mismo, de que extrañamos muchas cosas que tal vez hemos dado por obvias. Echamos de menos simplemente la posibilidad de reunirnos nuevamente ya sea en el trabajo o la escuela; un restaurante o una tienda, un estadio, un concierto, un museo o un juego; o bien hacer adoración con nuestra familia de fe en torno a la mesa del Señor.

Esperamos con ansias el día en que podamos reunirnos nuevamente unos con otros sin el temor de propagar la enfermedad o contagiarnos con ella. El papa Francisco ha hecho hincapié en el valor de "encontrarse y acompañar” a otros en el camino de la fe. En estos días aguardamos con gozosa esperanza la restauración de las interacciones sencillas y regulares.

Habiendo dejado de lado temporalmente el culto público en este tiempo de un necesario distanciamiento social, valoramos más aún el don de la oración en común. Los católicos creemos que siempre estamos unidos espiritualmente, pues la Iglesia trasciende tanto el tiempo como la distancia. Siempre hemos entendido que nuestra unión es algo más profundo y duradero que la mera proximidad física. Aun así, nuestra oración común sacramental es un gran don que ahora extrañamos, siendo su ausencia temporal una cruz que sufrimos, una penitencia inesperada que ninguno de nosotros hubiera podido o querido planear, ni siquiera ahora que acaba de comenzar la Cuaresma el Miércoles de Ceniza.

Mientras la vida busca su nueva normalidad, le pido a Dios que seamos capaces de aplicar las lecciones de este recorrido cuaresmal excepcionalmente desolado para redefinir el concepto de "normalidad" de una manera que incluya una mayor dimensión de agradecimiento, aprecio, servicio, misericordia y alegría. Todos esperamos que el regreso a nuestros patrones de vida ordinaria se produzca muy pronto. Llevemos hacia el futuro nuestros recuerdos de estos momentos, de manera que valoremos y apreciemos más las oportunidades que tal vez hayamos subestimado de estar en la presencia de nuestro Salvador y de unos y otros. 

Esta enfermedad no llegará a doblegarnos; más bien, le suplicamos a nuestro Dios misericordioso que la utilice para sacar lo mejor de nosotros.