Durante el último cuarto de siglo, desde el momento en que comencé a escribir estas columnas para mi periódico diocesano, los temas de algunas de mis columnas han fluido con bastante facilidad y en otras ocasiones no sin esfuerzo considerable. Pero desde las 6:30 a.m. del domingo 25 de octubre, el tema de esta columna en particular ya estaba resuelto. Esa mañana me enteré de mi nombramiento al Colegio Cardenalicio con una llamada telefónica del cardenal Kevin Farrell, quien escuchó el anuncio ese mismo día a la conclusión del rezo del Angelus por el papa Francisco, con los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro. Este ha pasado a ser el método que utiliza el Santo Padre para dar a conocer estos nombramientos. Por mi parte, no tuve ningún anuncio previo de que esto sucedería. Aunque, a decir verdad, desde que fui nombrado Arzobispo de Washington, la gente ha hecho sus propias conjeturas. El papa Francisco se ha apartado de la tradición de que ciertas diócesis recibirían automáticamente un nombramiento cardenalicio; de modo que, en este sentido, no hubo lugar para apuestas.

Después de hablar con el cardenal Farrell, me detuve a pensar en lo que esto significaría para la Arquidiócesis de Washington y para mí personalmente, como uno de los más cercanos colaboradores del Santo Padre. Luego procedí a mi rutina matutina diaria y pasé los primeros momentos tranquilos del día en la capilla. Tenía mucho que rezar, por decir lo menos. Le doy mis sinceras gracias al Santo Padre por este nombramiento, y estoy profundamente agradecido a los miembros de la Arquidiócesis de Washington por el cálido recibimiento y apoyo que me han brindado, y ahora por sus generosas palabras de aliento al enterarse de esta nominación.

En el pasado he trabajado con cardenales, en particular con el cardenal John Cody y el cardenal Joseph Bernardin en Chicago. Ambos eran personalidades muy diferentes, sin embargo, los dos fueron muy amables conmigo y me alentaron bastante. El cardenal Cody me ordenó sacerdote y luego me asignó a seguir estudios de doctorado en liturgia en Roma. Durante los años que pasé como estudiante romano, a menudo manifestó interés en mi trabajo y en mi bienestar. Por otro lado, los 10 años que serví como obispo auxiliar del cardenal Bernardin (1983-1993) fueron especialmente influyentes y vitales en mi trayectoria episcopal. Era un hombre de increíble sabiduría y perspicacia pastoral. Nunca perdió su habilidad de comunicarse con la gente común, pero siempre permaneció cerca del clero, los religiosos y el rebaño confiado a su cuidado. Yo espero seguir ese buen ejemplo. Tenía un maravilloso sentido del humor y un profundo amor por la Iglesia. En esto también ruego que yo pueda emular su estilo y modelo de servicio.

Muchos me han preguntado qué significará esta nueva responsabilidad para mí. Sinceramente, no lo sé, pues el Santo Padre aún no me ha dicho nada específico al respecto, aparte de nombrarme para el Colegio Cardenalicio. Me pondré a su disposición para lo que desee encomendarme.

Lamento mucho que, debido a la pandemia, no pueda compartir este momento romano con muchas de las personas que tanto amo: mis hermanas, amigos y colegas de la Arquidiócesis de Chicago, la Diócesis de Belleville, la Arquidiócesis de Atlanta y de aquí, la Arquidiócesis de Washington. Las dificultades de viaje, las preocupaciones en cuanto a la salud y las restricciones locales no son propicias para viajar a Europa; pero les aseguro que los llevaré a todos en lo más profundo de mi corazón durante el tiempo del Consistorio y durante la Misa con el Santo Padre. Una vez que las restricciones locales cambien y podamos reunirnos en forma segura, tendremos ocasión de celebrar este evento con oración y alegría.