Cuando pensamos en la Navidad, probablemente la gran mayoría de nosotros recuerda la ilusión y la alegría que teníamos en las Navidades que pasamos cuando éramos niños. Recordamos el entusiasmo y las hermosas tradiciones familiares que marcaban esta bendecida época de festiva celebración, recuerdos que, al traerlos al mundo de la vida adulta, nos brindan esperanza y bienestar. Sin embargo, el desafío que afrontamos hoy es hacer que la próxima Navidad sea una auténtica fiesta de adultos. La mejor manera de hacerlo es dando a otras personas razones para alabar a Dios, y de hecho nos convertimos en adultos en la Navidad cuando la alegría de dar supera la alegría de recibir.

La esencia misma del acontecimiento de la Navidad es el hecho espléndido y trascendental de que Dios nos ha dado a su propio Hijo unigénito. El Padre prepara el escenario para hacer resaltar el significado más profundo de la Navidad, entregando a la persona que Él ama en forma perfecta y eterna: su propio Hijo. Recibimos, pues, un regalo que ha de deleitarnos y transformarnos. Así como los pequeños abren ansiosamente los regalos que tanto han deseado recibir y los ojos literalmente les bailan de alegría, así también el corazón nos debería brincar de júbilo cuando pensamos en la sublime verdad de que Dios todopoderoso se ha hecho uno con nosotros: La Divinidad ha asumido en sí misma la humanidad.

Buscar el regalo perfecto puede ser una tarea abrumadora en esta época del año; pero el Padre ya nos ha dado en su Hijo “el regalo perfecto” a cada uno de nosotros. “El Regalo Perfecto” es un tema que tenemos aquí en la Arquidiócesis de Washington, que capta en pocas palabras el misterio de la Navidad.  Durante la última década, esta Iglesia local ha procurado enfocarse, con esta breve frase, en el significado más profundo de la Navidad. Por lo general, a casi todos nos cuesta mucho encontrar un regalo que sea novedoso y que agrade mucho a un ser querido.  La frase “qué regalarle a una persona que lo tiene todo” suele resumir el sentido de esta personal dificultad. 

Pero el verdadero dilema ya ha sido resuelto por Dios Padre, que al concedernos a su propio Hijo, le dio todo a un pueblo que necesitaba la salvación. El gran misterio de la Navidad solo se entiende correctamente cuando nos damos cuenta de que el mejor regalo es siempre el don de sí mismo. A quienes amamos les damos tiempo, energía, creatividad y atención, dones que son mucho más importantes que cualquier objeto que se pueda comprar en una tienda.

Desde la época de los Reyes Magos, el hecho de dar obsequios ha estado relacionado con la Natividad de Cristo. Estos tres representantes de la familia humana le presentaron ofrendas simbólicas al Niño Jesús; pero su regalo más importante fue el viaje que hicieron para encontrarlo.

Al iniciar el Adviento, la Santísima Madre tiene varias fiestas importantes que nos hablan de su amor con mucha elocuencia. La honramos como la Purísima o la Inmaculada, cuya existencia entera fue exenta de pecado. El papa Francisco nos ha instado a venerarla como Nuestra Señora de Loreto, en homenaje a la casa que la tradición dice que fue la morada de la Sagrada Familia en Nazaret. Nuestros hermanos mexicanos comparten con toda la Iglesia la estupenda festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, cuya aparición en el cerro Tepeyac vino a ser la maravillosa fuente de conversión para el pueblo de México, pues se les apareció como una de ellos y declaró ser su Madre.

Los santos se congregan en torno al misterio de la Navidad de un modo que nos ayuda a comprender la intervención de Dios en la historia humana, una intervención que nos ha transformado y nos ha hecho hijos e hijas del Padre. Dios nos ha otorgado efectivamente el Regalo Perfecto y nos ha reclamado de nuevo como pueblo de su propiedad. A esta bendecida Iglesia local de Washington le deseo una Feliz y bendecida Navidad.