Hay ciertos días que pareciera que deberían ser días de precepto en los que tenemos que asistir a misa, pero no son días de precepto. El Día de Acción de Gracias de nuestra nación es una fiesta secular marcada por fuertes connotaciones religiosas, sin duda alguna, pero no es un día de precepto para los católicos. Tiene diversos aspectos que hacen pensar en una fiesta religiosa, pero no lo es. Muchas personas asisten a la misa de acción de gracias porque parece ser lo correcto en tal ocasión, cuando el corazón se nos hincha de gratitud y sinceramente reconocemos lo muy generoso que ha sido Dios con todos nosotros como nación y con nuestras familias y comunidades.

La esencia de la Acción de Gracias debe ser un gran sentimiento de gratitud y todos tenemos tantas cosas por las que hemos de estar agradecidos. Este generoso y pródigo terruño nuestro es en sí mismo una bendición por el cual todos deberíamos expresar un sincero agradecimiento y del cual todos debemos cuidar mucho mejor. Nuestras familias y seres queridos nos llenan de alegría, y hemos de alabar a Dios por aquellas personas a quienes queremos y todos aquellos que nos aman. La lista de los motivos por los cuales deberíamos estar agradecidos parece ilimitada y está llena de razones personales, espirituales y nacionales. Sin embargo, el Día de Acción de Gracias no es un día de precepto para los católicos.

Nuestros manjares tradicionales captan gran atención cuando los “cocineros” primerizos buscan datos y consejos para la preparación del pavo, otros cuando intentan reproducir el famoso pastel de calabaza de la abuela y los sabrosos aliños para sazonar las comidas. A propósito, ¿cuál es el secreto para que no queden grumos en la salsa para el puré de papas? Pero la Acción de Gracias significa mucho más que deleitarse con manjares exquisitos. Es una ocasión propicia para reconocer lo verdaderamente muy bendecidos que somos como pueblo y como nación.

Hay muchas personas que suelen expresar su sentido de gratitud mediante actos de bondad hacia los demás, especialmente los pobres, los solitarios y nuestro personal militar destacado lejos de sus familias y de sus hogares. Tales personas abren espontáneamente su corazón para ayudar a sus semejantes, como una forma de compartir la buena fortuna que han tenido. Esto es también una señal profundamente religiosa del agradecimiento que sentimos por las bendiciones recibidas, y así compartirlas libremente con aquellos que no han tenido la misma fortuna.

El Día de Acción de Gracias suscita en todos un cálido sentido de relajación, que nos deja más tiempo para pensar y meditar en las numerosas bendiciones que hemos recibido. Estas reflexiones deberían hacernos entrar en un espíritu de profunda gratitud a Dios y de intensa generosidad hacia nuestros semejantes. Aquellas familias que a lo mejor rara vez comparten una comida juntos, ese día cenarán en torno a una mesa comunal. El Día de Acción de Gracias es mucho más que el preludio del “Viernes Negro” o del agitado período de compras navideñas. Es un día en el que debemos alabar a Dios por su gran bondad y su incomparable generosidad. No es un día de precepto, pero sí debe mover el corazón de todos con el deseo de ofrecer plegarias de alabanza y gratitud. Es una ocasión perfecta para ofrecer la Sagrada Eucaristía, quizás incluso en familia, y más aun sin la obligación de asistir a misa, pero con todas las razones necesarias para ofrecer el Don, que es la manera perfecta de expresarle nuestro agradecimiento a Dios todopoderoso con las palabras del propio Cristo en la más perfecta oración de acción de gracias que tiene la Iglesia.