Cada generación tiene, según parece, al menos una fecha que ha dejado marcado para siempre el transcurso de la vida de una persona. El Día de Pearl Harbor, el asesinato del Presidente Kennedy y los ataques del 11 de septiembre, cada uno de estos sucesos pertenece a una generación de personas que pueden recordar dónde estaban y cómo se enteraron de aquella terrible noticia que les cambió la vida. Los aniversarios que rememoran esas emblemáticas fechas suscitan emociones y pensamientos que nos transportan de regreso a esos momentos. Así sucedió la semana pasada cuando conmemoramos el decimoctavo aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos. Muchos de nuestros jóvenes ni siquiera habían nacido entonces, y sin embargo el hecho de volver a relatar lo sucedido y ver las imágenes de ese terrible ataque que los medios vuelven a difundir los incorpora en la narración de los hechos junto con todos nosotros, que tenemos recuerdos personales.

Pero hasta los episodios trágicos pueden ocasionalmente generar resultados positivos, como la Caminata por la Unidad, que se organizó aquí en nuestra comunidad como consecuencia de la tragedia del 11 de septiembre. Fieles protestantes, judíos, musulmanes, católicos, hindúes, zoroastrianos, budistas y personas de otras diversas tradiciones religiosas se unieron para animarse recíprocamente, para orar unos por otros y para emprender todos juntos una caminata simbólica hacia un futuro más prometedor. Ahora yo tuve el privilegio de unirme por primera vez este año a esta tradicional caminata. Si bien la marcha surgió como reacción frente a la tragedia, ha adoptado un significado simbólico mucho más importante, pues todos somos personas destinadas a compartir juntos como vecinos y amigos en la travesía de la vida.

La ciudad de Washington está llena de numerosos monumentos que rinden homenaje a la valentía de los miles de hermanos estadounidenses que dieron la vida en respuesta al ataque de Pearl Harbor, hecho que precipitó a los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Incontables hombres y mujeres respondieron con valor y sacrificio para defender a nuestra nación y derrotar a aquellos cuyos planes hicieron estallar esa conflagración. Tales monumentos nos llenan de orgullo por la valentía que tuvieron cuantos perdieron la vida o resultaron heridos durante ese conflicto mundial. Son monumentos tan especiales que deberían inspirarnos a todos nosotros un mayor amor y una devoción más intensa aún a nuestra nación.

Cada vez que ahora entro en la Catedral de San Mateo y contemplo la placa conmemorativa de bronce y mármol que marca el lugar donde reposó el féretro presidencial en recuerdo del sepelio del Presidente John F. Kennedy oficiado en nuestra catedral, me transporta a la época de mi adolescencia, cuando observé, junto a millones de personas, el funeral televisado de nuestro primer Presidente católico de los Estados Unidos de América. Fue un suceso que nos inspira orgullo tanto por lo que él realizó, como también por nuestra Iglesia, que produjo un estadista y héroe estadounidense tan destacado, cuya vida fue cercenada a una edad muy prematura.

El profundo dolor que motivó todas estas demostraciones individuales y tradiciones dieron origen a un sentimiento más profundo de gratitud a los héroes y heroínas cuyo sacrificio supremo engendró un legado que nos llena de esperanza y nos enorgullece. Como escribió San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). Dios puede sacar mucho bien de una tragedia humana. La Caminata por la Unidad, que es todavía una tradición viva aquí en Washington, se yergue como recordatorio de nuestra dedicación a la armonía intercultural, religiosa y racial. Aunque se realiza cada año en fecha cercana al aniversario del 11 de septiembre, la caminata nos recuerda que sí es posible descubrir un nuevo sentido y una esperanza renovada, aun cuando el recuerdo de la tragedia que motivó esta tradición haya quedado en nuestro pasado. Creemos que estamos convocados a participar todos juntos en un futuro más esplendoroso.