La celebración anual del tiempo de Adviento tiene por objeto dar a nuestra Iglesia un período de esperanza gozosa y espiritual. Aguardamos al Niño Jesús, que ya ha nacido en el tiempo y cuyo regreso en gloria esperamos ahora con gozosa expectación. En efecto, celebramos su nacimiento y al mismo tiempo anticipamos su triunfal reaparición al final de los tiempos. El Adviento nos invita a adoptar un espíritu de preparación para la siempre sorprendente entrada de Dios en la vida personal de cada uno.

Durante los 36 años que llevo desde mi ordenación como obispo, he confirmado a unas 140.000 personas en las comunidades parroquiales de las Diócesis de Chicago, Belleville, Atlanta y ahora aquí, en la Arquidiócesis de Washington. La Confirmación es una celebración que todavía es causa de gran alegría en mi corazón, ya que puedo compartir el Espíritu Santo con tantas personas maravillosas a través de este sacramento. En ocasiones, el efecto residual de las muchas ceremonias celebradas también me brinda una o dos sorpresas. Hace varias semanas, mientras caminaba por una calle de Georgetown, una joven se me acercó y me dijo que yo la había confirmado “hacía mucho tiempo”. A juzgar por la apariencia bastante juvenil de su rostro, aquella ocasión no pudo haber ocurrido hace mucho tiempo, pero ella recordaba con entusiasmo el acontecimiento. Me dijo que estaba visitando la ciudad de Washington en una aventura de exploración de universidades. Me agradó mucho experimentar este encuentro y percibir que ella todavía participaba activamente en la Iglesia. 

De modo similar, en el pasado Día de Acción de Gracias, una madre junto a su marido y sus tres hijas, que acababan de asistir a una misa en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, me detuvo y me dijo que yo la había confirmado hace 30 años en la parroquia de Saint James en Arlington Heights, Illinois. Nos tomamos una foto y sospecho que luego la va a comparar con las de su Confirmación, que seguramente guarda en casa.

Cuando yo iba volando hacia Roma la semana pasada para participar en las visitas Ad Limina al Santo Padre y a las oficinas de la curia romana, una persona escribió una nota y la dejó en mi asiento mientras dormitaba, para decirme que yo había confirmado a su hijo hace cuatro años en la Parroquia de Santa Catalina de Siena localizada en Kennesaw, Georgia, y me pidió que rezara por ese hijo suyo, pues había dejado de practicar la fe católica. He puesto esa nota en una canasta de recordatorios de oración que tengo bajo el altar de mi residencia.

Cada uno de estos encuentros fortuitos me ayudan a recordar la conexión que comparto con tantas personas a través del sacramento de la Confirmación. Son momentos que valoro muchísimo y seguiré orando por todas aquellas personas a quienes he confirmado. Abrigo la esperanza de que todos esos confirmati también me recuerden de vez en cuando en sus oraciones. Cuando fui ordenado obispo, jamás se me pasó por la mente que llegaría a establecer un vínculo espiritual tan significativo y duradero con tantas personas a través de ese sacramento. Estos encuentros casuales me han permitido tener, en el Adviento, un recuerdo feliz del Señor que se hace presente en forma inesperada a través de nuestra vida sacramental. 

El Adviento es un tiempo en el cual hemos de tener abierto el corazón al “Dios de las sorpresas” que viene como el Mesías tan esperado, primero en la forma de un Niño pobre e indefenso y que finalmente se manifestará como el Rey de la Gloria. El Dios de las maravillas se hace presente en nuestra vida de muchas maneras misteriosas, y siempre nos pide que seamos vigilantes y estemos preparados para recibirlo en su venida y en su presencia. Conforme entramos en esta santa temporada, escuchemos el sabio consejo de San Mateo y estemos dispuestos a acatarlo: “Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora que menos esperan.”

Les deseo un bendecido y santo Adviento a cada uno de ustedes, queridos hermanos y hermanas en el Señor. ¡Permanezcan vigilantes, porque sin duda él vendrá a visitar a cada uno de nosotros!