Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. No hay nada más revolucionario que el ejemplo que no solo arrastra multitudes, sino que también conmina a la acción. El ejemplo es el ‘grito silente’ de nuestro tiempo que trasunta la plena conciencia de la carencia de solidaridad en un mundo signado por la indiferencia y el individualismo. Ese ‘grito’, que no es altisonante, surge del encuentro e invitación a vivir la unidad para que el mundo crea. Un clamor que nace de la convicción de no hacernos los distraídos y de no buscar excusas para abrazar la gracia y la tarea de la unidad en nuestras familias y comunidades. Ese ‘grito silente’ –del ejemplo y de vivir la unidad- es contundente cuando dejamos de lado los afanes de liderazgos únicos y el ‘difuso individualismo’ que nos separa y nos enfrenta y que se manifiesta en la división y el odio.

La unidad de aspiraciones, sensibilidades e ilusiones quizá pueda parecer una utopía. Sin embargo, el apostolado de la presencia y la prístina contundencia del ejemplo son ‘gritos silentes’ que afirman esa unidad, en el reconocimiento de la imagen del otro, que no es una mera experiencia de sensibilización, sino un reconocerse también en el otro, confiando en él, promoviendo el diálogo y ayudándonos mutuamente. Ese ejemplo empieza en el hogar, en la familia –lugar donde se aprenden valores de utilidad social como la solidaridad, la gratuidad y el respeto–, en el trabajo y en nuestros círculos de influencia que es donde debe reflejarse esa esquiva unidad tan necesaria ‘para que el mundo crea’. Se atrae con el ejemplo y con los testimonios acercándonos humildemente a aquellos que se sienten juzgados y condenados -a priori- por los que se sienten perfectos y puros. 

La unión no es uniformidad, sino la ‘multiforme armonía que atrae’ la inmensa riqueza de lo variado, de lo múltiple. En la parábola del buen samaritano, la propuesta de Jesús es concreta: “Anda y haz lo mismo”, le dice al que le preguntó ¿quién es tu prójimo?   La relación interpersonal no se genera dando ‘cosas’, sino dándose a sí mismo. En un mundo materialista, por antonomasia, tenemos que aprender a salir de nosotros mismos -para ir al encuentro de los demás- para ser ese ‘fermento en la masa’, que es el liderazgo que reclama nuestro tiempo, liderazgo que implica un ‘ser para’ los demás y no solo ser ‘chicos buenos’, sino hombres que hagan la diferencia en un mundo indiferente a los más necesitados -de comprensión, consuelo y ayuda-, a los olvidados, a la pobreza y al ‘olor de la oveja’. Jesús -quien vino hacia nosotros- vivió la realidad cotidiana de la gente común: lloró y sufrió la traición de un amigo. Acompañar, pues, requiere un ‘salir’ de nosotros mismos y no contentarse con permanecer en el recinto de las noventainueve ovejas, significa ‘salir’ a buscar la oveja más lejana.

Como todo no es un lecho de rosas, es vital aprender a ‘salir’ de nosotros mismos para entender el por qué de los viejos y nuevos prejuicios que no son propios y privativos de una cultura en particular, amén de que el liderazgo implica un ‘ser para’ los demás. En ese contexto es importante saber escuchar sin perder de vista las tres condiciones esenciales del diálogo: acercarse al diálogo con una actitud positiva de aceptar todo lo positivo y constructivo que venga de la otra persona; ser humildes, humildad que implica muchas veces dar un giro de 180 grados de nuestra posición inicial, algo que poco se hace; finalmente, se requiere de dos personas inteligentes para dialogar, si ese no es el caso no perdamos el tiempo porque para bailar un tango se requiere de dos.