Cuando hablamos de herencia pensamos de inmediato, por asociación, en nuestras familias, idioma materno, creencias y tradiciones que implícitamente fluye en reuniones familiares, onomásticos, festividades religiosas, bautismos, graduaciones, festivales y que, dicho sea de paso, define tácitamente quiénes somos. En nuestro caso, nuestras raíces –lo que define nuestra ‘hispanidad’- son la argamasa, el ingrediente secreto, que nos permite aprehender, entender y dominar nuestro entorno. Sin ella seríamos una nave al garete. Esa herencia es un ‘regalo’ que nos permite aquilatar y apreciar nuestra historia, nuestra cotidianeidad, nuestro pasado, en aras de rastrear la andadura de nuestros errores, para corregirlos, y la de nuestros aciertos, para afianzarlos. 

El Mes de la Herencia Hispana (septiembre 15-octubre 15) es una oportunidad para celebrar y agradecer por el regalo de vida, por nuestras familias y amigos. Sin olvidar las vicisitudes de los inmigrantes indocumentados, los hogares donde la pobreza, la enfermedad o el desempleo les impiden celebrar a plenitud. Mas, ello no debe ser óbice para aportar nuestro pequeño grano de arena que nos permita hacer la diferencia. Si bien es cierto que el futuro es un misterio, poco o nada podremos hacer si no abrazamos con orgullo y sin reserva lo que nos define, el regalo de nuestras raíces, para hacer la diferencia en el momento que vivimos. Nuestro presente debe ser aprovechado a plenitud no solo para celebrar, sino para crear, para aliviar la carga de los demás y para involucrarnos de manera enteriza en la formación y educación de nuestros hijos, sin perder la perspectiva de que el ‘Mañana es Hoy’.

En la vida, como en la física, nada se destruye todo se transforma. Podemos reconstruir o construir un camino más seguro con la plena certeza de saber lo que hacemos y quiénes somos: el que sabe quién es y de dónde viene crece fuerte y seguro, porque solo conociendo nuestras raíces podremos sentir respeto y orgullo por nuestra cultura. Aprendizaje que empieza en la niñez y se cultiva con el ejemplo, porque mal se puede querer aquello que no se entiende, ni se conoce. No hay nada más revolucionario que el ejemplo, ejemplo que no solo arrastra multitudes, sino que también conmina a la acción. 

La unidad, nuestros más caros ideales y aspiraciones puedan quizá en un determinado momento parecer una utopía, mas el apostolado de la presencia y la contundencia del ejemplo son arengas que afirman el legado de nuestra herencia y rica diversidad, el reconocimiento de la imagen del ‘otro’ que no es una mera experiencia de sensibilización, sino un reconocerse también en el otro, confiando en él, promoviendo el diálogo y ayudándonos mutuamente. Así como la caridad empieza por casa, el ejemplo nace en el hogar, en la familia –lugar donde se aprenden valores como la solidaridad, la gratuidad y el respeto–, en el trabajo y en nuestros círculos de influencia que es donde debe reflejarse esa esquiva unidad tan necesaria para que el mundo crea y se transforme. Se atrae, pues, con el ejemplo y con los testimonios.

Una digresión. Las vicisitudes de los que emigran en busca de oportunidades es un recordatorio de que estar libre del miedo es un privilegio. Mas, estar libres de la necesidad ha sido siempre el gran privilegio que ha distinguido a un porcentaje muy pequeño de la humanidad a lo largo de los siglos