La alharaca de culpar a los inmigrantes indocumentados por los males que afectan a la Unión, es una cruel simplicidad. Peor, aun, es el silencio que avala la inhumana decisión gubernamental de separar a los niños de sus padres cuando cruzan la frontera. La nación debe ser capaz de controlar sus fronteras y tener una política clara sobre quiénes pueden entrar, vivir, y trabajar aquí; pero esa política debería ser humana y generosa, como sucedió antaño con las familias de todos lo que pudieron venir y empezar una nueva vida aquí. La necesidad de implementar programas de inmigración legal es un imperativo porque, con la excepción de los nativos americanos, ninguno de nosotros estaría aquí si no hubiera sido por esos generosos programas que ampararon y ayudaron a nuestros padres, abuelos y tatarabuelos a venir aquí.

Si los inmigrantes que vienen a trabajar no estuvieran aquí, nuestra economía se vería severamente afectada. Debemos encontrar la manera de permitir a los trabajadores inmigrantes y a sus familias emigrar de manera segura, ordenada y, sobre todo, de una manera humana, dando “la bienvenida a los extranjeros” porque en el rostro de ese extraño vemos el rostro de Cristo.


La deshumanización del tema migratorio no contribuye en nada a solucionar el problema de la migración indocumentada. Si volviéramos los ojos para ver las condiciones en que llegan y viven los migrantes indocumentados, ninguno de nosotros permitiría que ellos sigan viviendo como lo hacen. Esa ‘política antiinmigratoria’ solo ha conseguido detener el flujo de inmigrantes que viajan al sur, mientras los indocumentados siguen fluyendo hacia el norte y una vez aquí ya no regresan a sus lugares de orígenes por temor a ser detenidos o porque sencillamente ya no podrían volver a ingresar a este país. El tráfico humano es otro serio problema migratorio que ha crecido bajo el amparo del crimen organizado. Las víctimas son los más indefensos, los niños cuyas rastros, en muchos casos, se pierden luego de ser repatriados por las autoridades migratorias norteamericanas y en otras ocasiones desaparecen en territorio estadounidense para luego ser localizados en prostíbulos en ambos lados de la frontera. 


El tema migratorio es un tema moral insoslayable como justicia social. Es imperativo que participemos activamente en las actividades comunales y parroquiales con el renovado ardor evangelizador de sentar presencia a través del voto o del compromiso social: el que no participa, no existe para el sistema. Qué nuestras palabras se transformen en acción, en mayores posiciones de liderazgo que nos permitan transmitir nuestra vital experiencia de convivencia con los 'otros'. ¿Dónde están los ‘americanos’? Interrogante que nace de la diversidad que hace de la Unión Americana un ‘todo’, donde sus partes, conformadas por las ‘oleadas’ de inmigrantes que llegaron a ‘América’, fueron refugiados, personas desplazadas que llegaron buscando libertad y un lugar donde sus hijos pudieran acceder a una vida mejor. Sin embargo, los descendientes de esos ‘desplazados’ dudan en compararse con las personas que hoy caminan en los desiertos y mueren ahogados en precarios botes buscando refugio y oportunidades para sus familias. El pasado migratorio de Estados Unidos se ha caracterizado siempre por su proverbial generosidad de dar la bienvenida al recién llegado, amén de alentarles a naturalizarse, a crear raíces. Hoy, esa hermosa historia de brazos abiertos choca con el ‘rompeolas’ de la xenofobia y la intolerancia que caracteriza el horrífico discurso de algunos que no se condice con los tiempos, ni con la historia inmigrante de la nación. La parábola del ‘buen samaritano’ (ver nota del papa Francisco) -un ejemplo de vida cristiana, un modelo de cómo debe actuar un cristiano- nos hace entender que no somos nosotros quienes definimos quién es el prójimo y quién no, sino la persona necesitada es la que debe poder reconocer quién es su prójimo, es decir, “el que tuvo compasión de  él”. Huelgan comentarios.