Al explicar su longevidad musical, el músico Manolo García, en una reciente conversación con EFE, dijo medir su existencia con la ilusión, al decir: “No cumplo años, cumplo ilusiones”. En otras palabras, el secreto –para él- está en entusiasmarse con todo para poder hacer todo con toda la ilusión e ir detrás de ella para hacerlas realidad. Por eso, piensa que el mejor cine, el mejor libro o la mejor canción están por hacerse, para hacer y crear otra vez con toda ilusión. Y advierte que en “un mundo tan complicado” es importante darnos calor, tener momentos de solaz y cantar una canción, por ejemplo. Sin que ello signifique soslayar -a propósito de Bolivia y Chile o los chalecos amarillos- que la “madre de los desencuentros es la injusticia social” cuyo campanazo, dicho sea de paso, en un sistema piramidal es que “si se machaca a la base, la pirámide puede caer”.

Suena bien, pues, no cuadricular la existencia para que ese ‘entusiasmarse’ no sea una mera ilusión óptica o el desencuentro no se dé, que suele aparecer cuando no hay una motivación, una memoria para heredar y, claro está, para cuestionar, recordar y reflexionar sobre ella. Esa sencilla relación entre el pasado y el futuro viene siempre acompañada por la ‘acción’ que tiene un significado para uno y para todos los que nos rodean en el ‘cumplimiento’ e imitación del paradigma que se aprehende. El cumplimiento de esa acción ‘queda’ para las mentes que la heredan y la cuestionan. En otras palabras, el ‘ejemplo’ y el entusiasmo que pongamos en nuestras acciones serán imitadas o cuestionadas por los que nos precedan -a través del ‘cumplimiento’-. Sin embargo, si no hubiera el recuerdo, sencillamente, ya no habría relato que se pudiera transmitir. Por eso, cuando el pasado deja de arrojar luces sobre el futuro, nuestra mente divaga en la oscuridad. Al final de cuentas, pensar el ‘futuro’ es remitirnos al pasado, “hasta la antigüedad”. La tarea de entender lo que ocurrió y su comprensión es la manera cómo nos reconciliamos con la realidad; donde nuestro fin es estar en paz con el mundo.

Ahora, tener éxito en sentido lato –y no solo sobrevivir- implica tener sentido de pertenencia, pertenecer a una comunidad, conscientes y orgullosos de nuestros orígenes y valores familiares lo que nos da sentido de identidad que es, además, la argamasa que nos une y nos integra a la sociedad a través de la ciudadanía: del derecho al voto. Solo naturalizándonos podremos tener voz y voto en un sistema que solo cuenta al que participa. Pruebas al canto: cuando pensamos el futuro, mirando al pasado, encontramos en nuestro entorno familiar a personas que –con el ejemplo- pregonaron tácita y explícitamente que para asegurar nuestra libertad debemos trabajar en comunidad. Y la mejor manera de hacerlo es tomando responsabilidad de nuestro propio destino -a través del voto-. Solo así aseguraremos nuestra libertad y la de los demás. La historia enseña que la mejor manera de asegurar nuestra fe es compartiéndola y la mejor manera de asegurar nuestra esperanza es creando esperanza para los demás.

En suma, avizorar el futuro es mirar los ejemplos del pasado, la andadura a seguir o imitar. Una motivación o punto de inflexión para que los jóvenes tengan un claro sentido de sus raíces, sepan quiénes son y de dónde vienen, manteniendo una estrecha conexión con su cultura porque solo a través de ella podrán forjar sus propios caminos y ‘cumplir’ o hacer realidad sus más caras ilusiones. Los conflictos o desencuentros no debe ser óbices para la inacción.