Tantas veces, innumerables de veces, tomamos decisiones cuyas consecuencias definirán no solo quiénes somos o la madera de la que estamos hechos, sino también nuestro devenir y –subráyenlo- el de nuestros hijos y de los demás, toda vez que nuestras decisiones personales, no nos eximen de la ‘responsabilidad compartida’ que todos tenemos no solo con nuestro círculo familiar, sino también con el resto de la sociedad. Por eso, es importante comunicar las cosas porque cuando alguien dice que es libre, asume su responsabilidad y la responsabilidad de representar a su comunidad. Las cosas no se hacen aisladamente. La comunicación es clave. No sólo hablar entre nosotros, sino también con otras comunidades. Es vital que aprendamos a escuchar y a reconocer a nuestra gente. Si ahora no podemos trascender dejaremos de ser optimistas para sumirnos en la espera de que otros nos saquen adelante, una espera sin esperanza.

La pandemia y la crisis política que atraviesa el país se nos presenta como una oportunidad única de reformular todo, donde vale la pena intentarlo todo imbuidos de una sana ambición de hacer todo lo posible para hacer realidad el país que todos queremos. Es el momento de idear juntos soluciones innovadoras pensando en los jóvenes, además de ser una magnífica ocasión para desterrar las inveteradas desigualdades abocándonos a la tarea fundamental de crear oportunidades y esperanza. La actual crisis se nos presenta como una oportunidad ideal para reinventar a nuestras comunidades -al país- creando oportunidades para realizar reformas ambiciosas ahora que -obligados por las circunstancias- debemos repensar y reconstruir todo prácticamente de cero.

Estos no son momentos de pasividad, menos de la resignación que nos hace creer que podemos vivir mejor si escapamos de nuestros problemas o que los conflictos se solucionan por generación espontánea. Tendremos que decidir. No se puede tener, por un lado, individuos conscientes de los peligros y retos de nuestro tiempo y, por el otro, personas que solo se ocupan de sus intereses y son indiferentes a los problemas que nos aquejan.  Hablemos de esperanzas, que nacen de la incertidumbre y el peligro, porque hoy es más importante que nunca–especialmente para los jóvenes– estar conscientes de lo que está en juego en nuestra sociedad, sobre todo, el tipo de sociedad y país que queremos. 

El próximo martes 3 de noviembre tendremos la oportunidad de expresar nuestra voz acudiendo a las urnas a votar, obligación cívico-moral que empieza con informarse a consciencia para emitir un voto responsable. Nos acompaña el deseo y la necesidad de comprender que no significa negar lo que nos indigna, como la xenofobia o la aberrante retórica del racismo y la exclusión, sino más bien de investigar a consciencia la carga que los retos de nuestro tiempo han puesto sobre nuestros hombros, sin negar su existencia, ni derrumbarse bajo su peso. Vale decir, mirar la realidad cara a cara y hacerle frente con hidalguía y de forma desprejuiciada y atenta, sea cual sea su apariencia, posición o bandería política sin olvidar que no hay patriotismo sin continua oposición crítica. Es la hora, pues, de narrar a borbotones nuestras historias que desvelan sentido y se convierten en la ‘otra cara de la acción’: uno no se cuenta una historia a sí mismo, sino a otras personas, para comunicar sentido. Y en la medida que lo logremos seremos comprendidos por los otros, y el narrador se hará más ‘real’ y más ‘vivo