“Vienen a nosotros, los jóvenes, buscando esperanza. ¿Cómo se atreven? Han robado mis sueños y mi niñez con sus palabras huecas, y sin embargo soy una de las más suertudas. La gente está sufriendo, la gente está muriendo, ecosistemas enteros están colapsando”, aseveró, el fin de semana, en el foro de las Naciones Unidas, la adolescente sueca Greta Thunberg, quien a sus 16 años se ha convertido en el símbolo de la lucha contra el cambio climático. “Estamos en el comienzo de una extinción masiva y de lo único que ustedes pueden hablar es de dinero y de cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”, sentenció enojada a los líderes mundiales. En Davos, en el encuentro económico más importante del mundo, ya había precisado, sin ambages, que “hay gente que dice que la crisis climática es algo que hemos creado entre todos. Pero si todo el mundo es culpable, nadie es responsable. Y claro que hay responsables: empresas y personas con capacidad de decisión que sabían perfectamente las cosas tan valiosas que estaban sacrificando a cambio de acumular unas riquezas inimaginables. Creo que muchos de ustedes, de los que están aquí hoy, forman parte de ese grupo”.

Greta Thunberg y otros jóvenes activistas, al igual que más de cuatro millones de jóvenes que salieron a las calles en todo el mundo por la emergencia climática, denunciaron, en laCumbre de Jóvenes sobre el Clima en la ONU, la inacción ante el cambio climático y pidieron un mundo sin emisiones contaminantes. Esas protestas, como dice Greta, demuestran "que estamos unidos y que los jóvenes somos imparables… Aquí y ahora es donde damos un paso adelante, el cambio viene, les guste o no”. Razón no le falta. La mayoritaria presencia de jóvenes, frente al Capitolio, entre los que se encontraban estudiantes católicos de nuestra arquidiócesis, es una muestra de compromiso y responsabilidad. La responsabilidad de una generación que nos exige rendir cuentas, más aún, si consideramos que “la lucha contra la emergencia climática es la lucha de nuestra vida y para nuestra vida”. Lo paradójico es que quienes menos han contribuido a la crisis climática y los más pobres son quienes más la sufren. Pero, como dicen los jóvenes, este no es el momento de culpar, sino de exigir y colaborar.

Greta, sin mayores sutilezas, ante líderes que hablan mucho y escuchan poco, dijo una verdad capital: los jóvenes son imparables. Ellos piden en foros y calles que se declare la emergencia climática y exigen –nos exigen- la necesidad de actuar sobre ella con medidas urgentes, concretas y coherentes. Ojo, esto no es una tarea solo de una ‘camarilla de políticos’, como lo demuestran los jóvenes con su masiva presencia, es una tarea de todos y cada uno de nosotros. La voluntad ciudadana necesita tomar, hoy más que nunca, las riendas de su destino, lo que implica cuestionarse y resistir los embates de la demagogia y de los intereses particulares. La presencia de los chicos -una muestra paradigmática de que “las palabras mueven, mas los ejemplos arrastran”- es una muestra generacional de una imparable pasión por la libertad y salud del planeta, un cambio revolucionario, un fenómeno en la historia de la humanidad que nunca se olvidará, ni a sus jóvenes protagonistas libres del temor y la necesidad.