En las próximas semanas, el 4 de julio, Día de la Independencia, celebraremos un significativo e iterativo ritual: miles de personas de diferentes partes del mundo tomarán su juramento de ciudadanía y se naturalizarán en ceremonias especiales en diferentes ciudades del país. En esas ceremonias, donde se celebra ‘el espíritu de independencia’, se reafirman los principios fundacionales de libertad e igualdad que reflejan la más cara aspiración nacional: de ser lo mejor, que podamos ser, en una nación que es un todo y donde todos somos inmigrantes. Ese espíritu de independencia --piedra angular de ese gran ‘ideal americano’ de oportunidad e igualdad-- la encontramos de manera palmaria en el corazón y las palabras, simples y sencillas, de cada nuevo ciudadano. Cada uno de ellos personifica la vida y el sueño de los inmigrantes --de ayer y hoy-- que llegaron a ‘América’ en busca de una mejor vida para ellos y sus hijos. El viaje no fue fácil y estuvo imbuido de tragedias y esperanzas que es la historia misma del país. La historia de cada uno de los inmigrantes que llegaron, poblaron e hicieron esta gran nación.


Los que vilipendian a los inmigrantes sembrando odio y miedo tienen una actitud antiamericana: una redefinición radical de lo que es ser ‘americano’ que encierra un cinismo chocante que no deja de sorprender. Lo que les motiva no es la inseguridad económica, sino más bien un rayano resentimiento racial que impulsa un partidismo tribal. Esa disonancia y, algunas veces, ausencia de civilidad en el discurso público ha polarizado el diálogo en los mayores temas que ocupan a nuestra sociedad, como fue, en su momento, el debate sobre la reforma de salud y como sigue siendo, hoy, el tema migratorio que, desafortunadamente, terminó mostrando su peor rostro en la inhumana separación de familias (de niños de sus padres). Históricamente, en tiempos de crisis, el volátil tema de la inmigración ha sido siempre el chivo expiatorio de los males que cíclicamente nos aquejan. Mas, en esa gran hostilidad --que refleja esa grita-- parece primar la certeza de que no importa lo que digan los ‘otros’, al final, (ellos) ‘saben’ o creen ‘saber’ que los ‘otros’ no serán escuchados o tomados en cuenta. 


Al margen de toda percepción, lo cierto es que todos deberíamos estar involucrados en los problemas que nos aquejan y tener una opinión sobre los temas de nuestro tiempo, sean estos de economía, educación, salud o migración. Pretender que la totalidad de los ciudadanos están en ‘control’ de la nación sería pecar de ingenuo: los Gobiernos son de los informados, de allí la necesidad imperativa de que todos nos involucremos, nos informemos debidamente y participemos en los temas que no solo nos afectan, sino que hacen la diferencia en el destino de la nación.


La migración no es un fenómeno nuevo: es una realidad tan antigua como la humanidad misma. La única diferencia estriba en que las naciones modernas sirven a sus propios intereses --como también al de los inmigrantes-- cuando adoptan medidas de inmigración beneficiosas para las familias, lo que incide en la felicidad de los recién llegados, dándoles el apoyo necesario para que se integren responsablemente en su nuevo país. A nadie le es ajeno que las familias tienen un papel fundamental en la promoción de la educación y la integración social, particularmente, en el caso de los inmigrantes, cuyas familias transmiten sus valores, ayudan a las personas a preservar su identidad cultural y son una vital influencia para prevenir el crimen y la delincuencia. Como se ve, no es solo una cuestión de justicia, sino de preservar la salud social y económica de la nación.