Hay proverbios que ridiculizan al hombre que solo posee un conocimiento sobre algo o sobre alguien. O ‘el que ha leído un poco huele un poco a pedante y el que ha leído mucho huele aún más a lo mismo, ambos son desagradables’. Lo que estas aseveraciones nos dicen -simple y llanamente- es que el conocimiento no se puede considerar como tal hasta que se asimila al espíritu del que estudia y se manifiesta en su carácter. Vale decir, el puro conocimiento es un medio -no un fin- para la adquisición de la sabiduría. El filósofo chino Wan Yang Ming repite hasta el cansancio en sus escritos que ‘saber y obrar no son más que una cosa’, en otras palabras, el conocimiento se identifica con su aplicación práctica a la vida, una convicción profunda para desarrollar la individualidad del carácter y la ecuanimidad. Salvando las distancias del caso, la idea que contiene el pasaje bíblico ‘buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán dadas por añadidura’ puede encontrarse en cada una de las páginas de Wan Yang.

A todo esto, vivimos con un apresuramiento que nos hace perder las perspectivas de las cosas, la esencia misma de lo que hacemos y que forma parte de nuestro quehacer cotidiano, donde sin ningún rubor se acepta una doctrina de recompensas quid pro quo lo que, de un punto de vista factual, no hace más que confirmar que ‘la honradez es la más joven de las virtudes’, íntimamente ligada a la integridad y al honor, que está en el fondo de todo el que cumple con su deber. Por eso decimos que el honor ganado en la juventud crece con la edad. Don Quijote cifra más orgullo en su rústica lanza y en su escuálida cabalgadura que en el oro y el poder: las riquezas son el obstáculo de la sabiduría. Antaño, el lujo se consideraba como la mayor amenaza contra la virilidad y se exigía la más severa sencillez a la clase guerrera, entiéndase líderes.

Hoy como nunca se hace imprescindible la presencia iluminadora del educador, leáse ‘formador de hombres’, quien cuando toma en sus manos el desarrollo del carácter -no la inteligencia-, el alma –no la cabeza- su entrega, su vocación, diría, adquiere un carácter sagrado. Bien podríamos decir ‘los padres me han dado la vida: el maestro me ha hecho hombre’. La vida misma resulta barata comparada con el ideal de la virtud, de la conciencia moral (‘el que pierda su vida por mí la encontrará’). El ejemplo como patrón moral.

La juventud está hecha para el heroísmo que se expresa en la generosa entrega a cultivarse, a multiplicar sus talentos con la plena certeza de que solo sacando el máximo provecho al estudio es que podrán ayudarse a sí mismos. Ese tipo de jóvenes se identifican con un común denominador: su apuesta por la educación, fe y confianza para lograr sus sueños. Para ellos, la vida es una peregrinación por el saber. Para ellos, el mañana es hoy. No vivimos en el mejor de los mundos y no hay un momento ideal para hacer o decidir hacer algo. Mas, si hay que hacer algo por la educación debemos hacerlo sin preocuparnos por sus costos o inconvenientes, solo debería preocuparnos cuánto nos costará mañana si no lo hacemos hoy. No es dirimente explicar las vicisitudes que envuelven la vida de los jóvenes, son dirimentes nuestras acciones orientadas a ‘cultivar nuestro jardín’, a cultivar la educación de nuestros hijos, jardín que debemos cultivar con esmero y prolijidad.