Todos estamos estresados y hay demasiadas cosas que nos afligen debido a la pandemia del coronavirus (Covid-19). Cuando leemos, vemos o escuchamos las noticias diarias es difícil no preocuparse, y aún más difícil para las personas que padecen enfermedades o está en una precaria situación socioeconómica. Es difícil dar consejos sobre cómo vivir esta pandemia y que hagan las cosas más manejables. Sin embargo, creo que la lección más importante es tomar todo esto con mucha seriedad, porque el número de casos –como sucedió en otras partes del planeta- puede escalar muy rápidamente y encontrarnos desprevenidos. Tomar esta crisis en serio es una manera de ser optimista porque aprendemos de paso a ser proactivos. En otras palabras, podremos escuchar a algunos culpar de esta crisis a terceros, pero no por ello tenemos que resignarnos a un fatalismo que inmoviliza. Por el contrario, si nos lo proponemos, podemos caminar por el lado más soleado si sacamos lo mejor de nuestro ‘yo’ en el ámbito familiar, laboral y, en particular, de salud. Fortalecer el optimismo, anticipándonos proactivamente a los acontecimientos, es contagioso y esperanzador.

Si ponemos las cosas en perspectiva podremos hacer cambios que queden. El coronavirus tiene su talón de Aquiles y podemos detenerlo previniendo el contagio: los expertos aconsejan evitar los grupos y mantener una distancia prudencial (2 metros por lo menos), amén de no tocarse el rostro y de lavarse vigorosamente las manos con frecuencia. Para ello, todos debemos estar persuadidos de quedarnos en casa y respetar el distanciamiento social que es una manera de mantenerse cuerdo y seguro (ver pág. 11). El llamado a la gente de hacer lo correcto, cuando se desató la crisis, cambió notablemente nuestras vidas. Los gobiernos estatales piden a los residentes que deben quedarse en sus casas. Los negocios no esenciales han cerrado. Las calles están más tranquilas y descongestionadas como nunca antes se había visto, y todos mantenemos una distancia cautelosa. Lo que parecía impensable hace apenas una semana se ha convertido rápidamente en ‘la nueva normalidad’ (ver pág. 2).

Los políticos deben dejar que los científicos lideren el esfuerzo para contener el virus. Escuchemos a los médicos quienes son los que deben explicar los alcances de la epidemia y cómo debemos protegernos porque no hay –aún- vacuna para el coronavirus. La responsabilidad de los que dirigen la nación es describir las posibles soluciones reales a la crisis de manera que se puedan ganar la confianza de los ciudadanos. El enemigo es el coronavirus y en él debemos enfocarnos. En nuestro país, donde existe una inveterada tradición del voluntariado, es importante que esa generosa entrega se traduzca en donaciones -sean estas de productos comestibles o de dinero- a los bancos de alimentos de las parroquias de la Arquidiócesis de Washington y de Caridades Católicas que hoy tanto lo necesitan para continuar atendiendo a la creciente demanda de los más necesitados. A menudo, nuestra sociedad da un paso adelante para ayudar a los afectados por huracanes e inundaciones, y muchos sin duda lo harán en esta crisis. Informarse escuchando a los científicos y participar aprendiendo de los éxitos ajenos permitirá que actuemos unidos con la certeza de que podremos ayudarnos y protegernos unos a otros contra una amenaza que no discrimina a nadie. Por eso, ¡cuidémonos el uno al otro!