Años atrás, la entonces fiscal de la nación Janet Reno recordó emocionada, en una ceremonia de naturalización, el día que acompañó a su padre, siendo ella una niña de diez años, a su ceremonia de naturalización, similar a la que ella presidió como fiscal. Luego de felicitar a los nuevos ciudadanos por sus contribuciones y el enriquecimiento de nuestras tradiciones, se dirigió al resto de la nación, conminándoles a que se miren la cara en el espejo: “Allí verán ‘reflejado’ el ‘rostro’ del lugar o lugares de donde vinieron sus ancestros”. Con esas palabras, la fiscal general subrayó una verdad de perogrullo que no deja de ser vital recordarla, una y otra vez: somos, por antonomasia, una nación de inmigrantes -o descendientes de inmigrantes-. La disonancia y, algunas veces, la ausencia de civilidad en el discurso público ha polarizado el diálogo en los mayores temas que ocupan a nuestra sociedad, y el tema migratorio no es ajeno a esa controversia. En medio de esa incertidumbre se hace necesaria la presencia de líderes que dejen una impronta indeleble y agarren al toro por las astas para aprobar, por ejemplo, una reforma migratoria integral que, si bien es cierto, no es una panacea. Su sola aprobación daría paso a un trato más justo para los inmigrantes, amén de detener una injusta y dolorosa separación familiar.

En tiempos de incertidumbre, nuestros valores cristianos nos ayudan a filtrar los ruidos y a esclarecer las aguas turbias para encontrar la verdad y la dirección que nos lleve a buen puerto, con la certeza de que un activismo desde dentro contribuirá a un diálogo saludable. Activismo que, en el caso de los jóvenes, empieza en casa y se proyecta en la escuela. Pruebas al canto: “Los chicos que abandonan la escuela es porque no tienen suficiente apoyo en la casa, en la escuela y no tienen motivación para seguir adelante”. Esta certera afirmación es la reflexión de la joven salvadoreña Diana Acosta quien, años atrás, gracias a la incondicional ayuda de sus padres y a la excelencia de la educación católica fue la primera en su familia en asistir a la universidad, y nada menos que a la Universidad de Harvard. Sus declaraciones, llenas de sentido común y agradecimiento, son el reflejo de una dura experiencia de vida, la de una familia inmigrante que empezó de cero, como otras tantas, para poder salir adelante. Esa experiencia no solo forjó su temple, sino también un sólido carácter fraguado con la dedicación y constancia en el trabajo. En sus propias palabras: “Se puede triunfar si le ponemos muchas ganas al estudio”.

Ambas experiencias, la de la fiscal Reno y la de la joven salvadoreña, son el cara y sello de una misma moneda que tiene como lema: E pluribus unum (De muchos, uno). Ese ideal que celebraremos el próximo 4 de julio es el espíritu de la independencia de nuestra nación, donde todos somos inmigrantes, piedra angular de ese gran principio ‘americano’ que reposa en las ideas abstractas de oportunidad e igualdad que la encontramos de manera palmaria e inequívoca en el corazón y las aspiraciones de cada uno de los inmigrantes que, ayer y hoy, arribaron a esta gran nación. Para muchos, el viaje no fue fácil y estuvo imbuido de tragedias y esperanzas que es, en suma, la historia misma de Estados Unidos. Las historias de cada uno de los inmigrantes que llegaron y poblaron esta nación son una prueba al mundo de que la ‘idea de América’ sigue siendo una idea poderosa.