Concluimos el año 2019 dando gracias a Dios por el don del tiempo y todos sus beneficios. Y debemos comenzar el 2020 con la misma actitud de gratitud y de alabanza. Sí, porque no hay que dar por sentado que nuestro planeta haya comenzado un nuevo giro alrededor del sol y que nosotros, los seres humanos, sigamos habitándolo. No hay que darlo por sentado, puesto que es siempre un milagro del cual sorprenderse y agradecer.

El primer día del año la liturgia celebra a la Santa Madre de Dios, María, la Virgen de Nazaret que dio a luz a Jesús, el Salvador. Ese Niño es la bendición de Dios para cada hombre y mujer, para la gran familia humana y para el mundo entero. Si bien Jesús no eliminó el mal del mundo, lo derrotó en su raíz, teniendo en cuenta que su salvación no es mágica, sino paciente, puesto que implica la paciencia del amor, que se hace cargo de la iniquidad y le quita su poder. La paciencia del amor: el amor nos hace pacientes. Muchas veces perdemos la paciencia. También yo, y pido disculpas por el mal ejemplo. (aludiendo así a su firme reacción ante la persona que le tomó y tiró de la mano con fuerza cuando visitó recientemente el Pesebre de la Plaza de San Pedro).

Por esta razón, al contemplar el Belén vemos, con los ojos de la fe, el mundo renovado, liberado del dominio del mal y puesto bajo el señorío real de Cristo, el Niño acostado en el pesebre.

La Madre de Dios nos bendice mostrándonos a su Hijo, bendice a toda la Iglesia y al mundo entero. San Pablo VI fue quien quiso dedicar, por esta razón, el primer día del año a la paz. Para el año 2020 el Mensaje es éste: la paz es un camino de esperanza, un camino en el que se avanza a través del diálogo, la reconciliación y la conversión ecológica.

Fijen la mirada en la Madre y en el Hijo que ella nos muestra “dejándonos bendecir”, porque Jesús es la bendición para cuantos están oprimidos por el yugo de las esclavitudes, morales y materiales. Él libera con el amor. A quien ha perdido la autoestima permaneciendo prisionero de giros viciosos, Jesús le dice: el Padre te ama, no te abandona, espera con paciencia inquebrantable tu regreso. A quien es víctima de injusticias y explotación y no ve la salida, Jesús le abre la puerta de la fraternidad, donde puede encontrar rostros, corazones y manos acogedores, donde puede compartir la amargura y la desesperación, y recuperar algo de dignidad. 

A quien está gravemente enfermo y se siente abandonado y desanimado, Jesús se le acerca, toca con ternura sus heridas, derrama el aceite del consuelo y transforma la debilidad en fuerza de bien para desatar los nudos más enredados. Al que está encarcelado y se siente tentado de encerrarse en sí mismo, Jesús le vuelve a abrir un horizonte de esperanza, empezando por un pequeño rayo de luz.

Les invito a los fieles a bajar de los pedestales del propio orgullo y pedir la bendición de la Santa Madre de Dios que nos muestra a Jesús: “Así el año que comienza será un camino de esperanza y de paz, no con palabras, sino a través de los gestos cotidianos de diálogo, de reconciliación y de cuidado de la creación.

A todos, creyentes y no creyentes, les deseo que jamás dejen de esperar en un mundo de paz, que construir juntos día a día.

* Al rezar el primer Ángelus de 2020, en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, Francisco invitó a los fieles a bajar de “los pedestales” del propio orgullo, abriendo el corazón a la bondad de Jesús a fin de que sea un año de paz y esperanza. Además, el Papa pidió disculpas por el gesto de impaciencia mostrado durante el saludo a los fieles al visitar el pesebre en la Plaza de San Pedro.