En el Nuevo Año pensemos en la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos con los que habitarán esta tierra en las próximas décadas y siglos. En la maravillosa experiencia que todos tenemos del milagro de la vida, poco a poco, comprendemos y entendemos que estamos aquí de peregrinos. Los años pasan y pasan rápidamente, estos no se detienen, aún así lo quisiéramos. Con la sabiduría que nos viene de Dios debemos entender que esta tierra no es propiedad de nadie, que se nos ha dado gratuitamente, que nadie pide nacer, como también nadie puede pedir el morir. Estamos todos de paso y es conveniente saber que lo mejor que podemos llevar con nosotros, cuando nos llegue el tiempo de partir, es la satisfacción de haber proporcionado, con la ayuda de Dios, el bien a nuestros hermanos y hermanas, así como también al medio ambiente en el que pudimos desarrollar nuestra existencia. 

El papa Francisco, en su encíclica Laudato Si que trata del cuidado que debemos tener con nuestra casa común, nos expresa sus grandes preocupaciones, al confrontar los signos de los tiempos relacionados con el cuidado de la naturaleza. La naturaleza es una obra de amor de Dios dada a las criaturas que es irremplazable. Desafortunadamente, el hombre no está respondiendo a su vocación de cuidar y desarrollar el medio ambiente como una vocación a presentar una auténtica voluntad, seguida por los constantes pasos hacia la humanización de quienes habitan en este mundo. 

Desafortunadamente, embargados por unos deseos desenfrenados de dominio y poder, las sociedades y naciones más desarrolladas se esfuerzan en perfeccionar y en aumentar las armas nucleares que podrían destruir millones de vidas en cuestión de minutos. Las guerras, persecuciones y odios se apoderan de la mente de muchos, lo que no les permite preocuparse por el desarrollo integral de las comunidades más necesitadas, y les llevan a cifrar todos sus esfuerzos en un constante deseo de destrucción, erradicando la vocación que el Creador dio a la humanidad de ser custodios eficientes del mejor regalo que hemos recibido de la providencia: nuestra casa común, la Tierra. 

Al mayor peligro de una confrontación a nivel nuclear, se le suma una sociedad industrializada, que produce y desecha sin ninguna consciencia ecológica y social. Lo desechable no tan solo se dirige a las cosas, sino también a los individuos y comunidades. No se respeta el medio ambiente, ni la cultura, o el futuro de comunidades indígenas o campesinas, por el contrario, se les desplaza de sus propias tierras, desposeyéndoles y convirtiéndoles en refugiados o inmigrantes.

El Nuevo Año nos invita a orar por la Paz Mundial, pero debemos ser conscientes que la paz es el producto de la justicia que deben experimentar tanto los hombres como la madre tierra. Orar por los líderes, que tienen en sus manos la gran responsabilidad de conducir el futuro de la humanidad, y por las nuevas generaciones quienes deben ser mucho más sensibles y permeables ante la gran amenaza, a la que todos estamos expuestos, será un principio de solidaridad en nuestra oración. 

Que el Señor nos bendiga en este nuevo año y que, mediante la oración y contemplación de la maravillosa obra de la naturaleza, huella de Dios, podamos todos preocuparnos por enseñar y transmitir a nuestros niños y jóvenes que tan importante papel jugarán en los años venideros como fieles administradores de lo que no podemos remplazar que es nuestra tierra, la casa común para todos nosotros. 

Que Dios les bendiga en sus familias y la paz de su amor llegue a todos los corazones de nuestros fieles de la Iglesia particular de Washington durante este Año Nuevo.