Estamos a las puertas de la celebración de la Natividad de Jesús y, en estos pocos días que restan, sería conveniente preguntarnos cómo estamos preparados para esta celebración. ¿Encontramos en el pesebre de nuestros hogares el mensaje del amor de Dios que quiso encarnarse para salvarnos de la muerte del pecado y llevarnos a la vida eterna prometida a los que siguen su palabra y se esfuerzan por vivirla? 

Durante las fiestas de fin de año, es importante no perder la gran riqueza espiritual que la Navidad trae a todos los bautizados y son parte integral de nuestra Iglesia. Sabemos de antemano que existen peligros de desviar la celebración de la Navidad con la ausencia de quien es la razón fundamental de la misma celebración, el Niño Dios, nacido de las entrañas de Nuestra Señora y acompañado por San José su padre adoptivo. Con un inmenso mensaje de que la paz, fundamental para la felicidad, se da cuando nos decidimos a amar y permitir que otros nos amen. 

Celebrar la Navidad es compartir un espíritu de júbilo motivado por nuestras ansias de amar, orar ante el pesebre, cantando villancicos o posadas que este tiempo reclama a la humanidad gozosa por el nacimiento del Salvador. Es un espíritu de celebración en los valores y virtudes que aprendemos de la predicación de Jesús en su Evangelio. La misericordia, el amor, la solidaridad, el perdón y la generosidad son valores claves para llegar a una auténtica celebración del espíritu Navideño.

Los regalos, las cenas, las bebidas son cosas accesorias a la celebración, pero en ningún momento son un fundamento de la misma. Hay personas que con muy poco son felices en la Navidad y, desafortunadamente, podemos constatar por la experiencia que existen otras que colmadas de bienes y posibilidades se hallan profundamente tristes y sumidos en la soledad, en un mundo material que tiende a rechazar a quien, por el mismo hecho de su humilde nacimiento, proclama que su Reino no es de este mundo, su Reino está más allá de las cosas pasajeras de esta tierra. 

En un canto de alabanza al Niño por nacer, les invito a que unamos nuestras voces para implorar que Él nazca en nuestros corazones, que habite en nuestros hogares, que nos haga permeables a su amor para que recibiéndolo no vacilemos en darnos abundantemente a quien nos necesita. Comenzar por el hogar será de sabios, pero nuestra misión no se agota allí, sino que nos reclama a que salgamos de nuestro entorno familiar en busca del necesitado, de aquel hermano o hermana que necesita una palabra de consuelo, de amor o de perdón. Esa será la verdadera Navidad que hace más de 2.000 años la sagrada familia vivió, cuya experiencia simboliza la riqueza del amor de Dios plasmada en los pesebres que adornan nuestros hogares.

Qué el Recién Nacido bendiga a quienes en estos días se reúnen en nuestras parroquias y en los hogares para preparar la Navidad, es decir, un Dios con nosotros, para que fortalecidos por su presencia sacramental le podamos siempre ver en la vida del necesitado y con gran generosidad de corazón corramos a su encuentro. 

Les deseo a todos los fieles hispanos de la Arquidiócesis de Washington una muy Feliz Navidad.