El papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia Universal para que juntos elevemos una oración por el inmigrante y el refugiado. El tema de reflexión que el Papa envía a todos nosotros, es el de meditar y considerar que más que un nombre o un individuo a quien llamamos inmigrante o refugiado, se trata de un ser humano, imagen de Dios a quien debemos en consciencia recibir y dar una cálida bienvenida. Allí el encuentro humano y el acompañamiento del hermano encuentra una razón evangélica de ser, puesto que el rostro de Cristo está presente en el rostro de quien sufre y es víctima del desprecio y parte de lo desechable en una sociedad cargada de profundas incoherencias e indiferencias. 

Existen otras raíces de la tragedia del desplazamiento que más de 70 millones de personas afrontan alrededor del mundo. Es importante pensar, y cada uno de nosotros lo sabe por experiencia propia, que no es fácil renunciar al terruño y al contexto cultural en el que nacimos. Quien emigra lo hace por razones apremiantes, por falta de estabilidad o seguridad, por persecuciones o por grandes abismos de pobreza y sobrevivencia. En otras palabras, el inmigrante o refugiado, en su gran mayoría, se encuentra forzado u obligado a tomar un camino arduo colmado de sufrimientos para poder sobrevivir. 

La solidaridad, hermanos y hermanas, consiste en nuestra apertura como instrumentos del amor de Dios, que debe comenzar con la oración cotidiana que acerca a nuestras mentes y corazones a quienes sabemos pasan grandes necesidades. Como un segundo aspecto de esa oración hecha vida, no somos indiferentes al forastero o al inmigrante, buscamos la oportunidad, la cual siempre está ahí al frente de nosotros, para inclinarnos a un encuentro humano que lleva un sentimiento cargado de bienvenida y acogida a quien está solo y aislado. Teniendo la experiencia de cercanía y conocimiento, entonces nos convertimos en los voceros y abogados de aquellos que sin tener voz y rostro viven en el destierro de la ausencia de la justicia y el amor. 

Una de las enseñanzas que he tenido en el encuentro con nuestros hermanos y hermanas que desafortunadamente han tenido que caminar por largos días de fatigas y angustias, es saber que su propio camino nos puede hacer recordar la fragilidad de nuestra propia existencia y como la vida está colmada de fatigas y dolores, sin embargo, solo una gran esperanza brilla para quienes en consciencia caminan de la mano de Dios y esta es la Vida Eterna de Cristo, quien vino a salvarnos en este mundo, para darnos otro en donde todas nuestras necesidades serán colmadas por el amor y la recompensa de Dios.

Una invitación muy especial para que este domingo 29 de septiembre a la una de la tarde vengan todos a la Catedral de San Mateo (1725 Rhode Island Ave. NW, Washington, DC 20036) para participar y unirnos al papa Francisco en la celebración de la Santa Eucaristía.