La celebración del Mes de la Herencia Hispana es un reconocimiento a nuestra presencia no solo como una fuerza laboral y de desarrollo económico de nuestro país, sino también como enriquecimiento cultural, aporte que conecta de una manera muy especial y directa con la cultura cristiana de la sociedad norteamericana. 

En otras palabras, los hispanos hemos respondido siempre de una forma efectiva y responsable a los retos constantes que históricamente Estados Unidos ha tenido que afrontar. Por ejemplo, recientemente durante la pandemia que ha impactado y golpeado a toda la comunidad mundial, los números de personas inmigrantes que están trabajando y desempeñándose en labores esenciales que responden a las necesidades básicas de la familia y de la población han sido enormes y reflejan una generosidad sin límites de parte de los hispanos por contribuir al bien común. 

La presencia hispana da un gran testimonio de amor al trabajo y de responsabilidad en momentos de gran dificultad, motivados por el amor a sus familias y la necesidad de producir los medios para sostenerlas en tiempos de necesidad fortalecida por el amor a Dios, quien les da la esperanza y la fuerza para seguir respondiendo a su trabajo responsablemente. 

Es una sorpresa y un motivo de orgullo y satisfacción ver que el 20 por ciento, y muchas otras veces el 30 por ciento, de los promotores de salud en los hospitales y casas para la tercera edad son inmigrantes a quienes, también, vemos trabajando en fábricas, en el sector de construcción, limpieza y mantenimiento de servicios esenciales. Podemos afirmar que -en un alto porcentaje- las enfermeras, doctores, trabajadores sociales y voluntarios en las redes de servicio social son hispanos, quienes trabajan también por el deseo de servir a su prójimo.

Celebrar una cultura es celebrar un encuentro humano. El encuentro humano del que tanto nos habla el papa Francisco. Nuestros encuentros en torno a la familia, a Dios, Jesucristo y María Santísima son constantes y de profunda alegría y celebración de la vida de hijos e hijas de Dios. Los hispanos celebramos las procesiones, las misas y las comidas familiares porque ellas identifican lo que realmente es importante para la familia hispana que es la comunidad y el núcleo familiar que siempre se extiende a los otros y en los otros a Dios.

Poseemos una cultura abierta -no cerrada- que favorece y entiende otra de las grandes exhortaciones de nuestro Santo Padre latinoamericano, cuando nos exhorta a ser una Iglesia en salida, una Iglesia que llegue a las periferias, una Iglesia que saliendo de la indiferencia encuentre el camino cierto de la solidaridad. En el mes de octubre el papa Francisco nos dará una nueva encíclica ‘Fratelli Tutti’ sobre la hermandad en la comunidad mundial, único camino que poseemos para salir adelante en estos tiempos de pandemia y de gran tragedia humana.

Como María con los apóstoles en Pentecostés, oramos para que El Espíritu Santo de Dios nos continúe conduciendo con la sabiduría de Dios, para que siendo testigos de su amor, salvación y resurrección, no vacilemos en unir nuestras voces para apoyar a quienes hoy más lo necesitan y que son todos aquellos que a diario son desplazados por la injusticia de los hombres.