Parecería que el tema del Espíritu Santo y sus dones es algo propio y esperado para las catequesis de preparación a la confirmación de muchos de nuestros jóvenes adolescentes que con este sacramento completan su iniciación cristiana. Sería importante recordar que si tenemos al sacramento de la Confirmación -como aquel que completa la iniciación a la vida cristiana- es porque este significa un primer paso de muchos otros más que a lo largo de la vida, y por voluntad de Dios, todos tendrán que dar. Por tanto, los dones del Espíritu Santo se harán siempre presentes en la vida de quienes reciben el sacramento de la confirmación y les acompañarán hasta el final de su peregrinaje aquí en esta tierra. 

Los científicos y estudios que analizan los comportamientos de la humanidad durante estos meses de pandemia afirman que, desafortunadamente, hay muchas desventajas y peligros en el comportamiento de hombres y mujeres que atentan directamente contra la estabilidad de la familia. Constantes tensiones que pueden resultar en altercados y violentos, comportamientos agresivos que se hacen presentes en los hogares, son una muestra de que el maligno ataca cuando todos estamos más indefensos, porque a lo mejor esta es la mejor oportunidad que tiene para penetrar nuestra fragilidad humana. La frustración por la falta de empleo y, por consiguiente, de recursos económicos, la ausencia de los alimentos básicos y a lo mejor, en el peor de los casos, la ausencia de un ser querido perdido a causa de la pandemia, nos hacen débiles y debilita la esperanza y la presencia de Dios en nuestras vidas. 

Cuando la naturaleza humana se encuentra herida por el pecado, es cuando tendríamos todos que pensar que Dios nos ha dado su Espíritu Santo por medio de la vida sacramental de su Iglesia para que, acompañados y fortalecidos por Él, podamos ganar la batalla contra el enemigo que asecha constantemente para ver a quien puede dominar y devorar. Los siete dones del Espíritu Santo se constituyen en la riqueza espiritual que toda alma tiene para permanecer siempre en gracia y en la presencia de Dios. 

Por tanto, el don de la Sabiduría nos ayuda a entender y tener muy presente lo que puede ayudar u obstaculizar el proyecto de Dios en nuestra propia existencia. Somos instrumentos de Dios por la acción de Su Espíritu Santo. Él nos pone el mensaje de Dios y sus palabras en nuestra existencia, para que dinamizados por su amor podamos proclamar su presencia y deseo de salvación a todas las almas de este mundo. El Don del Entendimiento nos proporciona la forma de conocer y entender las profundidades de Dios, creando en nosotros el gusto por permanecer en la experiencia de su presencia por nuestra oración. El Don del Consejo nos ayuda a observar los signos de los tiempos para saber orientar y escuchar nuestro diario vivir, aun así, en momentos de dolor o gran dificultad. Es el otro quien te interpela y a quien hay que ayudar a caminar para que nunca se pierda. El Don de Ciencia nos facilita asumir y reafirmar el pensamiento de Dios sobre nosotros mismos. La piedad es otro de los poderosos dones del Espíritu que en toda ocasión nos lleva a actuar en la vida como Jesús actuaría. El Don de la Fortaleza que nos hace valientes y soldados de Cristo quienes no se dejan amedrentar por las crisis o dificultades de cada día, sino que, por el contrario, permanecen fieles al lado de Nuestro Señor. Y, por último, el Don del Temor a Dios que no es miedo, sino un profundo respeto al amor a Dios que nos inclina a desear profundamente estar en su presencia y de jamás ser un motivo de su desagrado. 

Como podemos reflexionar, Dios nos da una misión, pero jamás nos envía solos o desamparados, sino que, por el contrario, nos reviste de fuerza de Su Espíritu Santo para que podamos ser instrumentos veraces de su acción en este mundo. Recordemos que, aunque estos tiempos de pandemia podrían resultar un tanto pesados y frustrantes, para quienes jamás pensamos que podríamos tener que vivir en estas circunstancias, la pandemia también podría ser una gran oportunidad de servicio y campo fértil para proclamar la buena nueva de la Resurrección de Cristo. 

Por tanto, les invito a que seamos fieles al llamado de Dios y como discípulos misioneros de Jesús, experimentando a modo individual su amor, no vacilemos en ser testigos de su presencia y salvación en las vidas de quienes en este momento le necesitan más que son nuestros hermanos y hermanas que han sido golpeados por esta pandemia por la pérdida de sus seres queridos, o de su trabajo, o violentados en su condición de hijos e hijas de Dios. Oremos todos para que durante estos tiempos difíciles permanezcamos en la Esperanza de un mañana mejor para nuestras familias, puesto que por la Fe sabemos que Jesús nunca nos abandona, sino que nos lleva de su mano hacia los campos de su Padre que son campos de verdadera abundancia del amor trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.