Casi todas las diócesis de Estados Unidos celebran una convocatoria del presbiterio de la Iglesia local, vale decir, de los sacerdotes diocesanos y de órdenes religiosas que sirven en la diócesis. Algunas lo hacen cada año, probablemente porque, cuando los territorios son vastos, los sacerdotes no tienen oportunidades de reunirse a menudo debido a las distancias. Algunas diócesis celebran convocatorias de sacerdotes cada dos años o tal vez cada tres años.

La Arquidiócesis de Washington celebró la semana pasada su convocatoria bienal de nuestro presbiterio. Fue la primera oportunidad que tuve de participar en este momento tan especial con nuestros sacerdotes. Fue una ocasión verdaderamente edificante para mí compartir con estos hombres que tan generosamente sirven al pueblo de nuestra arquidiócesis. Oramos juntos, cenamos juntos, contamos uno que otro cuento ameno o divertido y, sobre todo, disfrutamos de la compañía recíproca. Por encima de todo, nos alentamos y apoyamos mutuamente en el ministerio sagrado que hemos recibido de Cristo mismo.

Las convocatorias son acontecimientos relativamente nuevos en la vida de la Iglesia. En el pasado, había otras ocasiones en las que se reunían los sacerdotes locales: retiros, generalmente en silencio en los que había poco o ningún tiempo para conversar; jornadas de estudio, en las que casi tampoco había tiempo para ocio y descanso. Las convocatorias vienen a ser un saludable equilibrio de oración, conversación, información, descanso y convivencia. Se aprecia que los sacerdotes de Washington disfrutan mucho de estos encuentros bienales. En los tres días que duró nuestra asamblea, lo que se vio en la mayoría de los rostros de los presentes fueron sonrisas.

El espíritu de un presbiterio local se enriquece y se fortalece enormemente en estas ocasiones, en las que nuestros sacerdotes jóvenes más nuevos tienen la oportunidad de conocer a muchos de sus hermanos sacerdotes mayores; los sacerdotes de órdenes religiosas comparten sus carismas apostólicos con los sacerdotes diocesanos, y los obispos y sacerdotes comparten el calor del afecto fraterno. Por lo general, hay un tema común que constituye la tónica de las presentaciones y que ofrece un punto focal a la hora del compartir fraterno. En la iglesia de hoy, hay muchos asuntos que podrían servir como tema central para estas asambleas. Nuestro presentador, monseñor Bernard Hebda, arzobispo de St. Paul & Minneapolis, ofreció dos presentaciones en las que puso de relieve "el sacerdote como oyente". Nuestros sacerdotes —valga la redundancia— realmente escucharon atentamente estas excelentes reflexiones.

En la convocatoria hubo bastante tiempo para la oración ante el Santísimo Sacramento, el ofrecimiento común de la Liturgia de las Horas y la concelebración de la misa diaria. La conversación espontánea y alegre que abundó durante los momentos de socialización fue la demostración del éxito que tuvo nuestro encuentro. Fue una ocasión muy positiva y necesaria de reunión para este presbiterio, especialmente después de haber soportado un año tan doloroso como el pasado. En muchos sentidos, no podía haberse dado en un mejor momento para esta Iglesia local.

Nuestra próxima convocatoria está prevista para el 2021, y creo que nuestros sacerdotes salieron del encuentro de este año deseando que llegue un momento similar dentro de dos años. Con todo, el éxito más importante de cualquier convocatoria de sacerdotes es que la energía espiritual allí generada se transfiera efectivamente a las parroquias y a las comunidades en las que sirven estos magníficos hombres. Es de esperar que todos seamos mejores oyentes, más enfocados en la misión de la Iglesia y más dinámicos en nuestro ministerio como resultado del tiempo que todos compartimos.