Hay una gracia personal que encuentro cada vez que distribuyo la Santa Comunión, que me ha concedido muchas dimensiones maravillosas de entendimiento espiritual a lo largo de los años desde que fui ordenado ministro de la Iglesia. El gran privilegio de compartir el sacramento de Cristo con su Pueblo me ha ofrendado numerosas oportunidades de gracia para comprender mejor el valor y la importancia del preciado don de Cristo mismo presente en la sagrada Eucaristía.

He hallado que los fieles dicen y hacen variados gestos conmovedores cuando vienen a comulgar. Ya sea que reciban al Señor en la mano, en la lengua, de pie o de rodillas, se aproximan a este sagrado regalo con diversas actitudes de humildad. Uno de los encuentros más encantadores se produce cuando un pequeñito o pequeñita, en brazos de su padre o su madre que viene a recibir la Santa Comunión, abre la boca para recibir también una parte del Cuerpo de Cristo. Esto sucedió varias veces durante la misa para las familias que educan a sus hijos en casa celebrada el domingo pasado en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción. 

Estos pequeñitos, como los pajaritos, que tanto quieren recibir el mismo don que su padre o su madre, me recuerdan que todos deberíamos tener el mismo gran deseo de comulgar este sacramento. Aunque no están aún preparados para la recibir la Comunión, su gesto inocente es un recordatorio de que este sagrado alimento es realmente un don que todos hemos de desear ardientemente. Este gesto debe hacerles recordar a los padres de familia la responsabilidad que tienen de preparar a sus hijos para cuando llegue el tiempo en que estén preparados para recibir a Cristo en este sacramento.

Hay ocasiones en que una pareja casada se acerca a recibir la Eucaristía juntos, incluso tomados de la mano, como señal de su unión matrimonial, que se ve reforzada por el don del propio Señor. Los adultos mayores y los enfermos a veces necesitan ayuda y apoyo para acercarse al altar o esperar a que les lleven la Comunión a donde están. Ellos son también un impresionante símbolo de que la Iglesia debe continuar fortaleciendo y acompañando a cuantos buscan al Señor. Aquellos que reciben su Primera Comunión constituyen una señal universalmente apreciada y un recordatorio de la emoción y el entusiasmo que todos sentimos cuando recibimos al Señor en la Primera Comunión.

El otro día, durante la misa de apertura del año lectivo en la escuela secundaria Don Bosco Cristo Rey, un joven se me acercó con las manos cruzadas sobre el pecho, el habitual signo de no poder recibir la Comunión, pero sí pedir una oración de bendición. Cuando le di una breve bendición, dijo: "Necesito la Comunión." Quizás se confundió con el gesto que hizo, pero tenía toda la razón al decir que necesitaba la Comunión. Seguí reflexionando sobre la petición del joven mucho después de la ceremonia, que tenía perfecta razón de decir que necesitaba la Eucaristía, pues todos NECESITAMOS la Eucaristía, desde el arzobispo hasta el comulgante más joven. La Eucaristía es la fuente misma de la vida de la Iglesia.

En época reciente se ha venido comentando el tema de la preocupante falta de aceptación que hay entre demasiados católicos acerca de la enseñanza de la Iglesia sobre la presencia real de Jesucristo en la sagrada Eucaristía. Se citan datos estadísticos que indican que mucha de nuestra gente ha perdido el aprecio por este gran misterio. Algunos estudios señalan que un gran número de católicos no entiende o, peor aún no cree, que Cristo esté realmente presente en el santísimo sacramento. No solo no pueden articular la enseñanza de la Iglesia sobre la sagrada Eucaristía, sino que tampoco aceptan como un hecho cierto el que el Señor esté presente en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad bajo las especies de pan y vino.

Hay diversas razones que se citan para justificar esta creciente falta de convicción entre muchos católicos. Algunos la atribuyen a una catequesis superficial e insuficiente, a un descenso de la participación en la Iglesia, a la mayor secularización de la sociedad, o simplemente a la pérdida de confianza en la Iglesia y, por tanto, en la doctrina de este fundamental misterio de nuestra fe. Cada una de las razones que se aducen puede contener un elemento de verdad, pero, aparte del dogma, se requiere una respuesta más contundente. Es cierto que es esencial contar con una catequesis de mejor calidad y más frecuente sobre la Eucaristía; pero, además, también se necesitan prácticas religiosas que pongan de relieve aquello que la Iglesia cree, como la Adoración Eucarística, la celebración de rituales que exaltan la singularidad de este sacramento, las procesiones de Corpus Christi, la devoción de las Cuarenta Horas y otras por el estilo.  

Todas estas tradiciones y las nuevas prácticas eucarísticas que se han desarrollado reforzarán, para los fieles, lo que expresa nuestra doctrina. Necesitamos una mejor y más frecuente enseñanza, como también una confirmación visible de lo que enseñamos, de modo que los fieles puedan recuperar aquello que posiblemente hayan perdido con el paso del tiempo.