Numerosos fieles participaron el pasado sábado 21 de la misa y celebración en honor a San Lorenzo Ruiz de Manila, el primer mártir y santo filipino. El servicio religioso tuvo lugar en el Santuario de San Judas en Rockville (Maryland) y el celebrante principal fue monseñor Mario Dorsonville, obispo auxiliar de Washington.

En su homilía el obispo destacó el hecho de que San Lorenzo Ruiz adquirió su fe en el seno de una familia católica y con la ayuda del Espíritu Santo pudo ofrecer su vida a Dios y dar testimonio sólido de su fe al resto de la humanidad. 

“Celebramos la fiesta de San Lorenzo y la comunidad filipina por su fuerte fe católica, su amor y respeto por la familia y los grandes esfuerzos para fomentar la fe desde la infancia y más allá”, manifestó monseñor Dorsonville.

También dijo que fomentar el rezo del rosario entre los niños es una bella costumbre de la comunidad católica filipina, recordando que San Lorenzo Ruiz de Manila fue canonizado por San Juan Pablo II en octubre de 1987 por haber proclamado la fe cristiana hasta el final; inclusive en momentos de sumo sacrificio. 

Asimismo, manifestó que la convicción que caracterizó al mártir filipino hoy sigue inspirando a miles de personas en todo el mundo, pues el ejemplo bueno siempre nos permite acercarnos a Dios y cambiar nuestra forma de ver la vida. 

Acotó, que gracias a San Lorenzo Ruiz el pueblo filipino tiene un digno ejemplo de sacrificio y amor por el Evangelio. “Les aconsejo que sigan rezando el rosario todas las semanas, que asistan a misa todos los domingos y recibirán muchas bendiciones. Estoy muy orgulloso de nuestra herencia, el amor por la Iglesia, por nuestros padres, aquellos que nos infundieron la fe y rezo para que sigamos siendo instrumentos de evangelización”.

La festividad de San Lorenzo Ruiz se llevó a cabo con la cooperación de la Oficina Arquidiocesana de Diversidad Cultural y Alcance Comunitario.

Breve historia

San Lorenzo Ruiz, mártir laico y primer santo filipino. Nació en Binondo, Manila, alrededor del 1600. Estudió en la escuela de los dominicos. Sirvió de monaguillo y después de sacristán de la parroquia de Binondo. Fue miembro de la Cofradía del Rosario. Ganaba el pan para su familia como escribano. 

En 1636 salió de Las filipinas hacia Japón para escapar ya que le involucraron en un caso criminal y temió que le impusieran la pena de muerte. En Japón los cristianos sufrían persecución y fue arrestado junto con sus compañeros. Sufrió torturas por confesar valientemente su fe cristiana. Proclamo a los verdugos que estaba preparado para morir por Dios y que daría su vida miles de veces si pudiera. El 27 de septiembre de 1637 lo colgaron de los pies. Después de dos días de agonía murió por la pérdida de sangre y asfixia. Incineraron su cuerpo y tiraron sus cenizas al mar. 

Él, junto con 15 compañeros martirizados en la misma persecución, fueron beatificados por el papa san Juan Pablo II en Manila el 18 de febrero de 1981. Fue canonizado santo en octubre de 1987, en Roma.