El drama de nuestros hermanos inmigrantes es algo que nos llena de tristeza y, por qué no decirlo, de dolor. La angustia, persecución y rechazo que muchos de nuestros hermanos y hermanas viven -en su huída de sus países debido a las graves situaciones de injusticia y ausencia de paz y bienestar para sus familias- son testimonios que escuchamos a diario y son comunes en los países de la región, como también en la frontera.

Uno de los grupos más representativos a nivel de inmigrantes, en nuestra Iglesia particular, son las familias de los países del Triángulo Norte que por años fueron favorecidas por el TPS. También no podríamos ignorar a todos nuestros queridos soñadores amparados por el programa DACA. 

Son personas que encaran un rigor retórico antiinmigrante que no cesa de llamar y amenazar a deportaciones masivas que atentan directamente contra las familias indefensas de nuestras propias parroquias. Desafortunadamente, vemos que este drama doméstico se extiende a lo largo del mundo entero.

Son  aproximadamente 70 millones de personas desplazadas o huyendo de sus tierras, tan solo en busca de un nuevo horizonte que les permita desarrollar sus vidas en un clima de paz y de estabilidad social. 

Las raíces de la migración son frecuentemente la corrupción política, la pobreza, la falta de salud y educación en sus países de origen. Parámetros, que en vez de haber sido aliviados, se han recrudecido en los últimos 50 años y han tomando dimensiones alarmantes a nivel mundial. 

Por esa razón, el papa Francisco ha llamado a la Iglesia universal a hacer un alto el próximo 29 de septiembre para que, como Iglesia, podamos orar, abogar y acompañar a todos aquellos que en condiciones infrahumanas y, muchas veces, en silencio llevan la misma cruz que un día Jesucristo llevó en sus hombros. Si no reconocemos, en esta penosa trayectoria humana, el rostro de Jesús, en dónde más lo vamos a encontrar. Por favor, marque desde ya su calendario y participe de este día de oración. 

Vamos a invitar a toda la comunidad multicultural de la Arquidiócesis de Washington a unir fuerzas en la oración para que los discursos políticos, las promesas no cumplidas y la falta de solidaridad no nos suma en una cultura de indiferencia. 

Vamos a orar convencidos de que es Dios también quien interviene en la historia y que con su bondad y amor abre las puertas a todo aquel que a Él ruega. Pensemos en nuestros niños, jóvenes y familias, ellos son el futuro de nuestra Iglesia, no son un grupo diferente de personas, sino nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Apoyémosles, abrámosnos a sus necesidades y seamos el instrumento de Dios en sus vidas. 

Recordamos en la vida, con gran agradecimiento a Dios, a las personas que estuvieron cerca de nosotros en los momentos más difíciles de nuestras vidas. Hemos recibido bendiciones de Dios y cada uno de nosotros lo puede afirmar e identificar de inmediato. 

En este presente nos ha llegado el tiempo de compartir todas esas bendiciones, para que con fe, con esperanza y con un profundo amor digamos en oración a nuestros hermanos inmigrantes, el 29 de septiembre: Ven, oremos juntos, tú eres parte de mi familia, somos la familia de los hijos e hijas de Dios, somos la Iglesia de Jesucristo aquí en esta tierra.