"Mientras más estudias, tendrás más oportunidades de conseguir documentos en Estados Unidos. Además, el que estudia, puede servir mejor a su comunidad", según el estudiante indocumentado José Gutiérrez (20) de la Universidad Católica de América (CUA).

Cruzó la frontera sin documentos con apenas 9 años, con la esperanza de reencontrarse con sus padres. Trabaja en labores de limpieza para pagar una carrera que cuesta 132 mil dólares y su plan es hacer un doctorado en historia latinoamericana para cumplir su sueño de dar clases y hacer investigaciones.

José compartió su historia el martes pasado en un foro titulado "Indocumentados y temerosos: el activismo estudiantil en la era de las deportaciones" en la sede de la Universidad Trinity en Washington.

José vivía con la protección de su abuela en El Salvador, pero extrañaba a sus padres. Tenía tres años separado de su mamá y nueve años de su papá.

Poco recuerda José de la odisea de varias semanas para cruzar varias fronteras hasta Estados Unidos. Llevaba puesto un suéter rojo, un color sumamente llamativo, por eso el coyote le dijo que se lo quitara. Nunca olvidará -dice- "el frío tremendo que hacía de noche en el desierto". 

"Mi hermano y yo éramos unos niños y no sabíamos lo que estábamos haciendo", dijo sobre la aventura acaecida en el 2008. Les acompañaba su tío, quien fue arrestado y deportado. 

Empezaba entonces una nueva vida en la capital estadounidense, unido a su familia conformada por cinco -ya que tiene un hermano de 10 años nacido aquí.

Su padre, quien lleva 20 años en este país, está amparado por el TPS (estatus de protección temporal), pero hace varios años empezó el trámite para obtener la residencia permanente por contrato laboral. 

El riesgo del joven (y de su familia) de caer en proceso de deportación es latente, mientras esperan el cambio de estatus que ha de beneficiar a ambos padres y dos hijos sin documentos.

En esta larga espera, en medio del temor y superando los obstáculos que emergen, José fue tras sus metas decidido.

Ya que es indocumentado, fue aceptado en CUA como estudiante internacional, lo cual implica pagar el triple del costo de la matrícula que un residente de Washington, DC. De los 44 mil dólares que paga anualmente, 29 mil provienen de becas y el resto lo paga con su trabajo de limpieza a medio tiempo. "A veces la gente se avergüenza de su trabajo", pero no debe ser así -dijo quien en algún momento pensó en dejar los estudios para ganar dinero.

No lo hizo y ya está en el tercer y último año de su carrera de historia. Ha estudiado fuertemente para mantener su buen promedio académico de 3.6 y avanzar más rápido a fin de graduarse un año antes que sus compañeros.

A los jóvenes indocumentados que no siguen estudios superiores, argumentando miedo a la deportación, falta de documentos y otras excusas -como poco dominio del inglés, necesidad de ayudar económicamente a la familia, barreras en las universidades- José les dice: "Si es verdad que hay temor, pero hay que seguir estudiando".

Está convencido de que hay que sacrificarse para salir adelante y la educación es la llave para un mejor futuro.

Más historias

Otros estudiantes indocumentados de diversas universidades, compartieron el panel con José para evidenciar las luchas, barreras, avances, miedos, sueños y esperanzas de los jóvenes hispanos en el área metropolitana.

Arlín Tellez, estudiante de relaciones internacionales y ciencias políticas en Trinity, confesó que la fe es la fuerte conexión que le une con su familia en su natal México.

"La inmigración es hermosa, pero el drama que viven los indocumentados no es hermoso", exclamó la joven Daniela Zelaya. Se refirió al miedo, al sentimiento de inseguridad y los nervios que tienen las personas sin papeles. 

Esta estudiante de la Universidad Trinity confesó que le asusta pensar en la deportación. Le preocupa las declaraciones de los extranjeros arrestados en los centros de detención, especialmente las mujeres que son asaltadas y abusadas.

El discurso anti-inmigrante es tóxico y lastima a la comunidad inmigrante -dijeron los panelistas que evidenciaron su coraje y persistencia.

Mostraron orgullo ante los humildes orígenes de sus padres y agradecimiento por su duro trabajo, pero también la preocupación de que sean deportados.

"Es un desafío ser indocumentado", según Mizraim Guerrero, estudiante de la Universidad Georgetown. 

Luego habló en apoyo a los jóvenes soñadores (conocidos como 'dreamers'). Explicó que en su mayoría no han cometido delitos, tienen buenos empleos y algunos incluso son modelos en su comunidad. "Tenemos que apoyarles para que progresen en la vida", expresó en la charla auspiciada por la organización "Faith in Public Life".