Después de casi cuatro meses de estar impedidos de participar en la Santa Eucaristía, es necesario reconocer el gran trabajo que todos nuestros sacerdotes, que sirven a las comunidades hispanas en la Arquidiócesis de Washington, han desarrollado durante estos meses de aislamiento social. 

Nuestro Clero ha estado en permanente comunicación y al servicio de todos nuestros feligreses, especialmente de aquellos que desafortunadamente han perdido a sus seres queridos o aquellas familias que han estado en cuarentena por tener un enfermo de COVID-19 en casa. 

La falta de trabajo y de recursos económicos para responder a las necesidades inmediatas de la canasta familiar, también se ha tornado en un punto de atención y una ocasión para fomentar la solidaridad de muchas de nuestras parroquias que combinando esfuerzos con fundaciones privadas, el Gobierno y las comunidades parroquiales, han podido responder a todas las necesidades de alimentos y recursos que muchos de nuestros hermanos y hermanas han tenido que solicitar a causa de una alarmante necesidad financiera o de ausencia de trabajo. 

Sin embargo, para favorecer el desarrollo de una economía -que favorezca a los más necesitados- ha llegado el momento de regresar a una cierta normalidad de vida y a nuestras parroquias, necesariamente lo debemos hacer con gran cuidado y prudencia, favoreciendo la vida de quienes podrían ser más vulnerables a la pandemia. 

Una de las grandes enseñanzas que todos hemos recibido de estos meses de aislamiento social, y de una quietud nunca jamás vista, es la de ser conscientes de la necesidad constante de preguntarnos qué es lo esencial y lo más importante en la existencia de un ser humano. 

Parecería que en el pasado todos corríamos sin mucho sentido tratando de lograr metas que muchas veces a lo mejor tendrían poco sentido, pero cuando nos sentimos interpelados porque la rutina de la vida diaria se nos fue de las manos, no nos queda otro camino que el de preguntarnos: qué es lo verdaderamente importante en este momento histórico y qué nos ha tocado vivir para ser conscientes de que la solidaridad y el amor son instrumentos importantes en la vida de una comunidad de Fe. 

Uno de los grandes momentos de la vida espiritual que debemos siempre añorar es la vida sacramental de la Iglesia, es decir, celebrar los sacramentos con la comunidad de parroquial. Aun así le damos gracias a Dios porque al menos, durante estos meses, se ha podido  llevar a sus hogares la misa dominical mediante el uso efectivo de la tecnología.

Es también importante saber que esa misma tecnología no puede ni debe reemplazar al Dios vivo Eucarístico que recibimos en nuestras manos en la celebración de la Santa Misa. 

La presencia de la comunidad que celebra el Amor de Cristo Redentor de la Humanidad, es también una oportunidad de afianzar nuestra Fe y Esperanza de que Dios nos va a sacar de esta difícil crisis y nos llevará por nuevos caminos nunca recorridos en el pasado. 

Es importante resaltar que es necesario no hablar del regreso a lo anterior, sino el continuar cerrando un capítulo de lo que hasta comienzos de año vivimos, saber que debemos estar dispuestos a vivir, a enfrentar nuevas formas de vida y de relación que nos llevará a una nueva cultura que conserve los valores de siempre, pero que puede ser reinterpretada en la forma en que los seres humanos se relacionan los unos con los otros. 

La oración es hablar con Dios para pedir el don del amor en nuestras vidas y centrarnos en esta oración que hace que el don de la fe de la Iglesia crezca y sea fortalecida, lo que nos llevará a ser esa comunidad de hermanos y hermanas que creen en la presencia dinamizadora del Espíritu Santo que fortalece nuestra vida en la Esperanza, y nos da la paciencia y humildad para asumir la misión y la tarea que a todos nosotros por la gracia del Bautismo ha sido confiada. Somos por la gracia de Dios, derramada en nuestras vidas por los sacramentos, testigos misioneros del Amor de Dios.