Para algunos católicos, la fe significa ir a misa los domingos y nada más. Para la inmigrante Laura Languidey es mucho más que eso, es conectarse de modo personal con Cristo y vivir según su voluntad. 

"Me crié en un hogar católico en Bolivia, mis padres me inculcaron amor a Dios, recibí los sacramentos y acudíamos en familia a la misa dominical; pero el encuentro con Jesús lo tuve aquí en el área de Washington en 2015", le contó hace unos días a El Pregonero.

Ya tenía una década en Estados Unidos y no era católica activa, hasta que un día accedió a la insistente invitación de una clienta y acudió a la Iglesia Cristo Rey, de Glen Burnie, de la Arquidiócesis de Baltimore, Maryland. Allí encontró una feligresía de 800 hispanos en la misa, guiados por un sacerdote de origen boliviano como ella. Además de llevarse una sorpresa, reconoce que ese día cambió su vida.

Muy a gusto, empezó a participar más en las actividades parroquiales. "Un día acudí a un retiro de iniciación cristiana y entendí que Dios existe, que es tangible, que es un Dios vivo", dijo. "No es sólo que existió en el pasado y su palabra está en la Biblia".

Experimentó la sanación y entendió que cada persona tiene un llamado. "Sentí la presencia del Espíritu Santo, un fuego de pies a cabeza. Sentí que una fuerza enorme me tocó, estaba consciente y perdí la capacidad de moverme y me caí", narró convencida de que en ese momento comenzaba un encuentro más personal con Dios.

Entonces comenzó a leer más la palabra de Cristo, a orar ante el Santísimo Sacramento y descubrió que Dios tiene un propósito con cada ser. "Desarrollé una fe profunda con la convicción de que todo está en manos de Él", dijo.

Laura cree que Dios es el que abre las puertas e incluso nos pone en el momento perfecto porque él sabe los deseos de nuestro corazón. "Dios utiliza nuestro trabajo para que lleguemos al que nos necesita y para entregar su palabra a los demás".

Laura reconoce que en toda su experiencia en Estados Unidos, siempre estuvo la mano de Dios. "Él nunca me abandonó", reafirma quien es gerente regional del mercado latino (zona sur-central) para la empresa New York Life.

Esta inmigrante llegó sola a este país en el 2005 con visa de turista. Su plan era permanecer seis meses, pero el tiempo fue pasando y conoció a quien ahora es su esposo (estadounidense). 

“Al principio, toqué muchas puertas tratando de buscar trabajo en mi profesión", dijo quien al llegar contaba con un título universitario en administración de empresas. 

Reconoce que aunque uno domine el inglés, sea profesional y tenga documentos, emigrar a Estados Unidos es difícil. "Implica comenzar de cero, construir nuevamente tu carrera y eso no es fácil. Venimos con expectativas muy altas, pero nosotros mismos nos ponemos barreras", dijo quien empezó trabajando como mesera en Annapolis.

Es importante -dijo- hacer reválidas, actualizarse en su profesión, dominar el inglés y prepararse en la universidad. 

Laura obtuvo certificaciones y estudió una maestría en gerencia de negocios (MBA) en la Universidad Ana G. Méndez. Inf: agmus.suagm.edu/es/node/352 y agmonline.suagm.edu (estudios por internet).

Ingresó a NYLife en el 2015 como agente, hizo entrenamientos y en menos de un año fue promovida a gerente. Se siente profesionalmente satisfecha en esta compañía de seguros e inversiones, con sede en Nueva York, que fue fundada hace 174 años, tiene 119 oficinas en EEUU y una filial en México.

"Ha sido un trabajo arduo y no ha sido fácil, pero me ha dado muchas recompensas. Uno nunca tiene que dejar de soñar", dice quien está encargada de mercadeo y contratación de hispanos, a cargo de 18 oficinas y brindando apoyo a 400 empleados.

Reconoce que siempre fue su pasión trabajar con la comunidad hispana. Combina su trabajo con sus responsabilidades como madre de dos hijos (Bodhi de 13 y Mateo de 10 años) y con sus labores de ayudar a la comunidad en Cristo Rey, donde es miembro del comité parroquial hispano.

"Dios me ubicó y me fue usando para dar guía a otros", afirmó quien siempre acepta los hechos como la voluntad de Dios. Afirma que él es quien nos conduce diariamente y es el guía perfecto.

Insta a los demás a aprender a ser paciente y esperar los tiempos de Dios, porque él sabe a donde nos va a llevar.

"Dios es todo para mí y quisiera que todos sintieran lo que yo siento: una experiencia que no tiene palabras. Quisiera que todos tengan ese regalo".