Una pandemia que era inimaginable hace apenas tres o cuatro meses ha trastornado rápidamente nuestra manera de vivir. Estos días son difíciles, especialmente si uno o alguien a quien uno conoce ha sido afectado directamente por el COVID-19. Es una época de temor y angustia para muchísimas personas, mientras nosotros hacemos lo posible por afrontar las terribles circunstancias en que nos encontramos. 

También es un momento difícil para las autoridades de gobierno y los encargados de la salud pública, que tratan de equilibrar las necesidades y los derechos de las personas con las necesidades y los derechos de la sociedad en busca del mejor resultado sanitario posible y con el menor perjuicio económico y social.

No hay respuestas fáciles, pero me permito sugerir que la doctrina social católica ofrece un valioso marco de orientación para nuestros razonamientos. Esta es una magnífica oportunidad para redescubrir siete principios de dicha doctrina, orar y meditar en ellos cuando debemos tomar decisiones que causen impacto en la vida propia y la de nuestras comunidades.

Hoy me gustaría ofrecer un breve recordatorio de estos principios y algunas ideas para reflexionar sobre cómo los estamos aplicando como Pueblo de Dios. He aquí los siete principios:

La vida y la dignidad de la persona humana: Fuimos creados a imagen de Dios y cada vida humana es sagrada. Por eso, hemos de ver a Dios en cada persona y tratar a nuestros hermanos y hermanas con respeto y dignidad. Ya sea que nuestras decisiones y acciones amenacen o promuevan la dignidad de la persona humana, este es el principio fundacional de la doctrina social católica y siempre debe ser lo primero a tomar en cuenta. ¿Pensamos en este principio cuando consideramos reabrir los negocios en la situación actual y fijar pautas para hacerlo?


Llamada a la familia, la comunidad y la participación: Vivir en comunidad es difícil ahora, porque todos estamos separados por el distanciamiento social. Aun así, veo que muchos en la comunidad están respondiendo de diversas maneras. 

Pienso en todos aquellos que viven en la Ciudad de Nueva York, que se reúnen cada noche a las 7pm en las entradas, balcones y ventanas de sus viviendas para animar a los trabajadores de la salud, a los socorristas y a los que hacen obras de caridad. En Caridades Católicas hemos recibido muchas llamadas de personas que quieren ser voluntarios y ayudar. También hemos recibido muchas donaciones maravillosas, más de medio millón de dólares solo en las últimas semanas, conforme la comunidad se moviliza para atender a quienes están en necesidad.

Los derechos y responsabilidades: Todos nacemos con los derechos que Dios nos ha dado. El más básico es el derecho a la vida y la decencia, lo que incluye la alimentación, el vestuario, el techo y la atención médica. Nosotros, la comunidad, somos responsables de garantizar el respeto a esos derechos y atender a las necesidades de la gente.

La opción preferencial por los pobres y los vulnerables: Para mí, este es siempre el más complicado. Por supuesto, queremos cuidarnos nosotros mismos y a nuestras familias, pero la Iglesia dice que, cuando se trata de decidir entre quienes tienen suficiente y quienes no tienen nada, deberíamos dar preferencia, tanto cuanto sea posible, a aquellos que carecen de todo. Me parece que practicar esto es difícil, pero a todos se nos pide hacer lo posible para que los que carecen de mucho reciban lo que necesitan para sobrevivir y sostenerse.

La dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores: El trabajo tiene dignidad propia, y la Iglesia lo considera como participación en la creación de Dios. Para preservar esa dignidad, también tenemos que proteger los derechos de los trabajadores, incluidos un salario justo, condiciones de trabajo seguras, capacidad de organizarse y mucho más. Estos derechos fueron articulados en la encíclica Rerum novarum, escrita por el papa León XIII en 1891. Esto se hace particularmente difícil ahora, porque hay tantas personas que quieren trabajar y cuentan con las aptitudes para hacerlo, pero están desempleadas transitoriamente o del todo por causa del cierre de establecimientos provocado por el coronavirus.

La solidaridad: Todos formamos una sola familia humana, y Dios nos pide amar al vecino de al lado y al del otro lado del mundo. Ahora estamos enfocados en nosotros mismos, nuestra propia salud y nuestras localidades. Pero, ¿qué hacemos en cuanto a la solidaridad con quienes viven en la Amazonia, los países más pobres de América del Sur y todos aquellos en todo el mundo que carecen de los sistemas básicos de salud y atención médica de los que nosotros disfrutamos? En esta pandemia mundial, hay tantos en el mundo —de casi ocho mil millones de personas— que necesitan auxilio, cuidado y una comunidad que se preocupe de ellos.

Indígena del pueblo Shipibo utiliza un tapabocas hecho de hojas mientras señala un árbol, en la provincia de Uyacalí, departamento de Loreto (Perú). Indígenas se aíslan en la Amazonía bajo la amenaza del virus y la violencia. Foto/EFE

El cuidado de la creación de Dios: Dios creó el aire que respiramos, la tierra y el mar. ¿Protegemos estos dones que Dios nos ha prodigado? De esto nos acordamos mucho la semana pasada cuando celebramos el Día de la Tierra. 

Estos siete principios nos ayudan a vivir una vida cristiana plena, por lo cual deberíamos aplicarlos honestamente, completamente y concienzudamente en cada situación. Son directrices a seguir, por lo que muchas veces requieren el esfuerzo propio y la oración personal en nuestra situación particular para decidir cómo hacerlo de la mejor manera posible. Por eso, me permito sugerir un par de cosas sobre las que he estado reflexionando en cuanto a estos principios y a la pandemia que tanto ha alterado nuestra vida.

En primer lugar, cuando tomamos decisiones, ¿es la persona humana lo primero en lo que pensamos? Hemos visto en el pasado cómo la guerra, la violencia, el castigo corporal y el aborto han vulnerado el don y el derecho básico a la vida y a la dignidad. Y ahora, ¿qué pasa? ¿Hacemos algo para resguardar la dignidad de la vida en estas difíciles circunstancias?

Pienso en todos los trabajadores de la salud, que arriesgan su vida cada día para atender a quienes padecen el COVID-19. ¿Les expresamos nuestro apoyo, reconocemos el sacrificio que hacen y les rendimos homenaje como los héroes que son? Y creo que lo mismo vale para los socorristas, los dependientes de mercados de abarrotes y los trabajadores de servicios sociales, como los que gracias a Dios tenemos en Caridades Católicas. Ellos atienden a cerca de 1.800 personas cada noche en los albergues y a cientos más en los programas alimentarios, que han venido aumentando exponencialmente en esta época de tribulación. Son esfuerzos heroicos que se hacen para tratar con dignidad a cuantos sufren y pasan necesidad. 

En estos tiempos de trastornos económicos, ¿de qué modo damos preferencia a los pobres? Me he sentido estimulado por los muchos ejemplos que he visto de gente que dice: "He sido bendecido, y ahora me toca a mí bendecir a aquellos que más lo necesitan". Lo he visto en feligreses, amigos y los muchos que apoyan a Caridades Católicas. Estoy tan agradecido por los donativos que hemos recibido, porque nos permiten ayudar a más gente en estas difíciles circunstancias. 

El derecho al trabajo es algo particularmente complicado, y no sé cómo el país va a poder manejar el desempleo, que está creciendo más rápido de lo que podemos imaginar. En algunos lugares, vemos que se dan los primeros pasos para reabrir partes de la economía, y me siento optimista pues creo que aquellos que están en condiciones de hacerlo crearán empleos, a fin de que el mayor número posible de personas tenga un lugar donde trabajar.

La pandemia del coronavirus ha causado enorme perturbación y dolor, pero creo que también nos ha hecho reflexionar sobre todo lo que Dios nos ha dado y cómo podemos responder como Pueblo de Dios y como comunidad. Hagámoslo de una manera que sirva a todo el mundo, incluso más allá de nuestras familias y amigos, para llegar a todos los que necesiten ayuda. 

Seamos, en la crisis actual, como el buen samaritano que "al verlo, sintió compasión" (Lucas 10, 33) y hagamos el esfuerzo de cuidar incluso a quienes no conocemos. Eso es el Evangelio; ese es el desafío; esa es la vocación que todos tenemos. 

Procuremos reflexionar sobre estos principios de la doctrina social católica y aplicarlos en la vida propia, para que así logremos mejorar las condiciones de aquellos a quienes encontramos por el camino. 

(Mons. Enzler es Presidente y Director Ejecutivo de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington).