En dos ocasiones durante las últimas semanas he tenido la oportunidad de participar en liturgias con las comunidades de nuestros seminarios locales para inaugurar el nuevo año académico. Debo admitir que me pareció extraño ver a todos estos talentosos jóvenes usando mascarillas. Sospecho que probablemente ellos estaban pensando lo mismo al ver al arzobispo igualmente tras una máscara. Sin embargo, estas son circunstancias propias del momento en este tiempo. Nuestros seminaristas están deseosos de comenzar otro año en su formación y discernimiento. Todos debemos orar constantemente por ellos, pues ellos a su vez están orando para discernir la voluntad del Señor para su futuro.


La mayoría de los seminaristas concluyeron abruptamente el año académico pasado, después del cierre ocasionado por la pandemia de COVID-19, cuando fueron enviados a asignaciones pastorales prolongadas, pues era preciso terminar su curso en forma remota. Varios de ellos compartieron conmigo acerca del beneficio inesperado que recibieron en esta asignación parroquial extendida, con expresiones de cálida gratitud a los sacerdotes y al laicado que les acogieron en el imprevisto entorno. Allí pudieron apreciar de primera mano la creatividad que demostraron los sacerdotes para atender a sus feligreses con las limitaciones que la pandemia del coronavirus les imponía. 


Si bien espero que nunca nos toque repetir las circunstancias de este semestre pasado, también estoy profundamente agradecido por el magnífico ejemplo que dieron nuestros sacerdotes a estos jóvenes seminaristas como parte insospechada de su formación. Los programas del seminario siempre procuran combinar la formación académica con la espiritual y pastoral; pero en estos meses pasados, la formación pastoral parece haber pasado a ser el factor principal.


Los seminaristas vieron lo muy flexibles que han de ser los sacerdotes en su servicio pastoral a los fieles y cómo deben adaptarse a las circunstancias que a menudo pasan desapercibidas en la vida parroquial. Nuestros sacerdotes se han destacado por haber aprovechado al máximo una difícil coyuntura, y espero que los seminaristas que presenciaron tal despliegue de ingeniosa habilidad en el ministerio nunca la olviden.


La semana pasada celebramos la liturgia de exequias de nuestro sacerdote más antiguo, monseñor Thomas Kane. Por mi parte, antes de llegar a ser arzobispo de Washington, tuve la suerte de haber conocido a Tom, de modo que conocí de antemano algo de los logros de este legendario y pionero párroco en nuestra arquidiócesis. Tom era un constructor, no solo de estructuras y edificios, sino lo que es más importante, de comunidades de fe. Su celo sacerdotal fue una fuente de aliento e inspiración para muchos de nuestros sacerdotes, que ahora lo recuerdan con afecto como amigo, modelo y mentor. 


Durante estos últimos meses, hemos presenciado la partida de varios sacerdotes mayores, cada uno de los cuales hizo igualmente una contribución muy positiva a la vida de nuestra Arquidiócesis de Washington. Así ha sucedido con innumerables sacerdotes nuestros, que dieron un inquebrantable testimonio de amor a Cristo y a la Iglesia, y que influyeron en el discernimiento vocacional de muchos de nuestros seminaristas. Eso es lo que ocurrió en estos últimos seis meses, en que un gran número de estos jóvenes pasaron un tiempo prolongado en una parroquia cuando sus seminarios estaban cerrados. Con todo, su formación sacerdotal no se interrumpió, ya que pudieron descubrir el ejemplo de celo pastoral y creatividad ministerial que daban los sacerdotes que los albergaron en este período de su formación.


De hecho, los seminarios primitivos no funcionaban en edificios designados como tales, sino en un entorno pastoral, a veces incluso en la residencia del obispo, donde los aspirantes presenciaban el ministerio sacerdotal de cerca y en forma personal. El ejemplo bueno y sano que dan los sacerdotes es la herramienta de reclutamiento vocacional más eficaz y a la vez la energía de la retención, y nuestros seminaristas recibieron una doble dosis de testimonio cuando sus seminarios estaban cerrados y ellos servían en las parroquias.


Ahora que la mayoría de los seminarios están reabriendo sus puertas, aunque numerosos cursos siguen dándose en línea y en forma virtual, ruego que estos jóvenes reflexionen con profunda gratitud sobre las experiencias pastorales que han tenido y que luego oren por aquellos sacerdotes que les acogieron y les guiaron. Una nota de personal gratitud de nuestros seminaristas a los sacerdotes que les recibieron sería una buena manera de expresarles su agradecimiento por haber sido una parte inesperada pero muy significativa de su formación.