El pasado fin de semana mis hijos y yo fuimos a una reunión familiar para pasar un buen rato con nuestros seres queridos. Después de varios meses de confinamiento y distanciamiento social debido a la pandemia, ya necesitábamos ese acercamiento y aventurarnos a una tarde de paseo.

Era un día precioso de junio, con el sol radiante, una rica carnita asada y en especial, tiempo en familia. En la mesa, cuando todos nos encontrábamos relajados y comentando sobre lo que acontece en nuestras vidas, uno de mis familiares hizo un comentario racista y denigrante sobre las recientes protestas y manifestaciones.

Cuando esto sucedió, mi hija de 16 años me miró fijamente a los ojos sin decir una palabra, su mirada lo decía todo: “Mamá, responde. Mamá, di algo. Mamá, reacciona”. Al instante, le hice una señal con mi cabeza de que era mejor permanecer callados. 

De regreso a casa después de manejar por más de dos horas no podía sacarme del pensamiento esa mirada de mi hija. Sentía mucho enojo conmigo misma. Sentía que le había fallado a ella y a su hermano menor. Mis hijos que buscan en su madre a una guía, un modelo a seguir, la persona que les inculca principios morales, la que constantemente les habla sobre la dignidad de cada ser humano, les había fallado.  

He pensado mucho en lo acontecido ese día y en lo que estamos viviendo actualmente como nación. Mi reacción inmediata ese día fue callar para evitar una conversación difícil con mi familia. Me acobarde, como muchos de nosotros solemos hacer cuando se presentan estas conversaciones difíciles. 

Me tomo varios días poder reaccionar a lo que había acontecido esa tarde familiar. Pero he llegado a la conclusión que permanecer en silencio ya no es una opción. 

Finalmente, busqué el momento oportuno para hablar con mis hijos respecto a este asunto y para decirles: les fallé y lo siento. Esa tarde hablamos por un buen rato sobre como todos tenemos la responsabilidad de condenar la xenofobia e indiferencia hacia personas de otras razas y culturas. 

Les mencione que como cristianos tenemos que tratar a los demás con educación y cortesía y debemos optar por diálogos respetuosos con aquellos que no comparten nuestras opiniones o principios. 

Mi hija recibió mis palabras con gratitud y mencionó: “Cuando se hace ese tipo de comentarios me siento incomoda. Siento que estoy traicionando a mis mejores amigas. Me ofende”. 

Mis hijos y yo hablamos de qué hacer si esto vuelve a pasar y de posibles maneras que podemos afrontar este tipo de incidentes. Llegamos a la conclusión que la respuesta no es alejarnos de esos que piensan diferente de nosotros, especialmente en nuestras familias. La respuesta es afrontar estas conversaciones difíciles, con honestidad, educación y respeto. 

Mis hijos han tenido el privilegio y la bendición de crecer en un área del país de mucha diversidad cultural y étnica. El mejor amigo de mi hijo es un jovencito cuyos padres son procedentes de Afganistán y Marruecos. Han sido mejores amigos desde que estaban en el Kínder. Sus padres, musulmanes, nos invitan a sus celebraciones de Eid al-Fitr (Festival musulmán para romper el ayuno después de Ramadán), y nosotros les invitamos a nuestra cena de Acción de Gracias.

Convivimos respetando cada uno nuestras creencias religiosas. Las mejores amigas de mi hija son procedentes de Etiopía, Jamaica, Filipinas, Eritrea, Latinoamérica, Estados Unidos, etc. El pasado diciembre las chicas se reunieron en casa para un intercambio de regalos y una cena con platillos típicos de sus culturas. Hubo tamales, pizza, jerk chicken, pupusas, lechón, tabbouleh, harira, hot dogs, etc. En realidad, su círculo social es un caleidoscopio de culturas. 

No todos hemos tenido la oportunidad de crecer en un espacio multicultural o multirracial. 

Yo crecí en un país centroamericano donde se denigra a la persona indígena. En un país donde el ‘ser indio’ es sinónimo de bajeza y ser un ciudadano de segunda clase. Un país donde el ser blanco y adaptarse a la cultura anglosajona/europea es considerado ‘cool’. Un país donde se han cometido masacres, etnocidios y matanzas contra los pueblos indígenas. 

Cuando inmigre a este país en los años 90, hace ya casi 30 años, en la escuela mis amigos (la mayoría hispanos) me advertían, “no te metas con los negros” o “los negros no quieren a los latinos” y muchos comentarios como estos. ¿Cuántos de nosotros hemos escuchado comentarios similares en nuestro entorno? ¿Cuántas veces no hemos escuchado en los medios de comunicación que los afroamericanos y los hispanos en este país compiten por los mismos trabajos y puestos en la sociedad? 

Esas actitudes y comentarios terminan dividiéndonos ya que crean tensiones de adversidad entre los unos con los otros. Además, existe una mala costumbre tanto en los jóvenes como en los adultos hispanos de referirse a los recién llegados como “Chentes” – el cual es un término que se usa de manera derogatoria. 

Como sociedad, estamos donde estamos porque nos rehusamos a ver la dignidad inalienable que existe en cada ser humano. Nos rehusamos a aceptar que hay prejuicios en nuestros propios corazones. 

Sin embargo, el cambio comienza primero con nosotros y después en nuestros hogares. En lugar de quedarnos callados cuando un miembro de la familia hace un comentario racialmente insensible, debemos afrontarlo y hablarlo. 

Eduquemos a nuestros hijos sobre las raíces africanas e indígenas en Latinoamérica. Es nuestro deber ayudarles a que se sientan orgullosos de las raíces culturales y étnicas de sus padres y antepasados. 

En vez de mordernos la lengua para ‘no ofender’ o ‘no entrar en discusión’ debemos levantar nuestras voces para defender al oprimido y el marginalizado. Es hora de tener las conversaciones necesarias que provocarán tanto la comprensión intergeneracional como la unidad, así como también un cambio sistemático. Esta lección la aprendí de mis hijos. Sin embargo, la responsabilidad de combatir la injusticia racial y social es de todos.  

* Lia Salinas es directora del ministerio hispano de la Arquidiócesis de Baltimore y vicepresidenta de la Asociación Nacional Católica de Directores de Ministerios Hispano en USA.