La ciudad francesa de Lourdes, en los Pirineos, cerca de la frontera con España, es uno de los destinos más populares del mundo. Cada año, seis millones de visitantes vienen de todos los rincones del mundo. Algunos vienen como turistas por un día o dos para ver de qué se trata todo el entusiasmo. Otros vienen con la esperanza de una cura física de alguna enfermedad o discapacidad: Ha habido 69 casos que han sido reconocidos como curas milagrosas y han sido miles más los casos de reclamaciones de curaciones físicas milagrosas. Luego están aquellos, como yo este mes, que van simplemente como peregrinos buscando pasar algún tiempo cerca del misterio de la santidad y, quizás, encontrar alguna medida de sanación espiritual y paz.

Gran parte de lo que me atrae a Lourdes, por supuesto, es la Gruta en esa parte de Lourdes conocida como Massabielle, donde en 1858 la Santísima Virgen María se apareció a la joven campesina Bernadette Soubirous, tal como la Virgen de Guadalupe se apareció a Juan Diego. Lo que también me atrae es la misma Bernadette. De hecho, podría decirse, --todo honor otorgado a María la Madre de nuestro Señor-- que el verdadero Mensaje de Lourdes es la misma Bernadette Soubirous, o más específicamente, la fe simple y el amor de Bernadette.

Mientras crecía, Bernadette solía ser enfermiza y físicamente débil debido al asma severa y otras enfermedades, por no mencionar la desnutrición debida a la pobreza. Sin embargo podría decirse que las palabras de las Bienaventuranzas se le aplican correctamente a ella: "Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios" (Mt. 5,8). Mientras tanto, tal como ella escribiría en sus últimos años, "¡Qué ciego es el hombre cuando se niega a abrir su corazón a la luz de la fe!”

Bernadette vivió en una época de hostilidad ideológica hacia la religión, incluyendo los restringidos prejuicios de las élites intelectuales que rechazaban la fe religiosa como una superstición y creían, sin embargo, que "ver es creer", que si algo no podía ser sometido a mediciones y pruebas científicas, no existía. Bernadette, sin embargo, no era élite intelectual. Más bien, para ella, creer era ver.

Porque debido a su fe, a su sencilla y modesta fe del corazón, a un inocente y humilde amor por el Señor, la humilde Bernadette pudo ver lo que otros no podían: A aquella que es “nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza” – a nuestra Bendita Madre María. La inocencia tiende a permitir que una persona vea una verdad superior. En Massabielle, Bernadette pudo ver lo que otros no podían ver. Ella fue capaz de ver lo que otros se negaron a ver.

Un problema que tenemos en este mundo caído es que nos hemos infectado con una enfermedad, una enfermedad que nos lleva a vernos a nosotros mismos y a las otras personas con los ojos del mundo, ojos que son falsos. Vemos apariencias superficiales, y no la verdad de una persona o cosa. Cuando vemos con nuestros ojos, nuestros ojos humanos y mundanos, vemos una realidad falsa, un mundo falso, una belleza falsa. Nuestros ojos humanos nos engañan. A menudo estamos ciegos a la verdadera belleza, y otras veces pensamos que lo verdaderamente hermoso es abominable. En la oscuridad resultante, los que ven de manera mundana son incapaces de percibir la verdad o el amor; luchan por encontrar su camino y no tienen en cuenta las necesidades de los demás, especialmente de aquellos que son más vulnerables.

El mundo caído busca constantemente hacer que tú no creas y tengas dudas. El mundo te susurra al oído, imitando la voz de tu subconsciente, "Dios no existe. Y si existe, te ha abandonado. No se puede confiar en él. Solo puedes confiar en ti mismo”.

Sin embargo, no todos son ciegos, no todos son incapaces de ver. La Virgen María era y es capaz de ver, y Bernadette fue capaz de verla a ella. Esto fue porque Bernadette no buscó ver simplemente con los ojos de la cabeza, es decir, simplemente con los ojos mundanos. Debido a su sencilla y humilde fe, ella vio también con el corazón, lo que le permitió a su vez ver la belleza más verdadera que Dios ha hecho.

Es por eso que la humilde Bernadette, ignorante a los ojos de los eruditos, fue mucho más sabia que la élite intelectual de su tiempo, que eran, a pesar de todo su aprendizaje, ignorantes. Por su arrogante orgullo y arrogancia, al promover ideologías seculares extremas que no tienen necesidad o no quieren a Dios, estos intelectuales habían aprendido a ser estúpidos.

Si nosotros también queremos ver de verdad, debemos tratar de emular a la humilde Bernadette, en vez de a los orgullosos. Debemos creer, debemos querer creer, en la verdad. Debemos tener fe en Dios, en lugar de fe en nosotros mismos como si fuéramos "dioses", para que podamos ver con nuestros corazones.

Cuando vemos con nuestros corazones con ojos de fe, con nuestras almas iluminadas por la verdadera Luz, podemos ver la realidad como realmente es. Podemos ver verdaderamente, y ver la presencia de Dios en el mundo y en las vidas de los demás.