No hay duda de que muchos católicos están profundamente divididos sobre las leyes que abordan discusiones difíciles entre política y religión. Los católicos no sólo se encuentran divididos acerca del concepto de la moralidad y las posturas de los partidos políticos, sino que también la confusión radica entre la relación de la política y la religión en sí misma. Aunque muchas personas apoyan la separación entre Iglesia y Estado, la teología católica nos recuerda nuestro compromiso bautismal de cuestionar los principios de la política.  

El deber de las autoridades civiles es establecer el orden y formar el carácter moral de los individuos mediante el ejercicio y la aplicación de los principios universales de justicia otorgados a los Gobiernos a través del derecho moral natural. Por lo tanto, las leyes civiles deben hacer hincapié en la construcción de buenas relaciones, el desarrollo de un carácter moral en individuos y la armonía con el resto de la sociedad. Los cristianos creemos que Dios ordenó a los Gobiernos que establecieran justicia; sin embargo, las autoridades civiles deben representar y respetar la dignidad y la naturaleza del pueblo de Dios. A pesar de que como cristianos aceptamos nuestra responsabilidad moral de obedecer a las autoridades civiles, también debemos asegurarnos de que las leyes sean justas y estén de acuerdo con los planes de Dios para la humanidad.

El cambio en las demografías y la participación de los jóvenes no sólo va a decidir esta elección, sino también seguirá cambiando la manera en que nos envolvemos en las enseñanzas de la Iglesia y la política. No hay duda de que un gran número de católicos desaprueban la conducta y propuestas del presidente republicano Donald Trump. Sin embargo, hay muchos que tampoco están de acuerdo con la postura y propuestas del candidato presidencial demócrata Joe Biden debido a su alineación con temas delicados a los principios religiosos. Esta realidad ha dejado a muchos católicos confundidos y divididos. 

Los católicos hispanos se han involucrado más en el tema de inmigración mientras que tradicionalmente los católicos anglosajones mantienen su preocupación por el tema del aborto. Esto está llevando a muchos católicos a preguntarse, ¿cuál de los dos candidatos hará el menor daño posible? y ¿cómo puede una persona dejar de lado sus creencias y votar por un candidato que no honra sus valores religiosos? La respuesta radica en la Doctrina Social de la Iglesia Católica. 

En la Teología Católica, la intención cuenta mucho. Por eso, los fieles católicos deberían pasar por un proceso de reflexión, analizando cuidadosamente los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y las posturas de los candidatos. La Doctrina Social de la Iglesia nos invita a tomar con seriedad el proyecto de Dios donde cada persona hace su parte en la observación de nuestros derechos y deberes como sociedad. Esta actitud nos permite vivir la pedagogía del “Padre Nuestro” haciéndole frente a los problemas reales de la sociedad a través de los lentes de la doctrina moral católica y de la justicia social. 

Como católicos, tenemos que dar un testimonio de fraternidad humana a la hora de votar. Esta actitud nos tiene que invitar a salir de nosotros mismos para reconocer la dignidad inalienable que cada persona posee por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. El Catecismo de la Iglesia afirma que tenemos que formar nuestras conciencias. ¿Qué quiere decir esto? Tenemos que educarnos, reflexionar y experimentar una conversión de mente y corazón. Un católico no puede votar por un candidato que apoye ciertos males como el aborto, la eutanasia, el racismo, la explotación y marginalización de los trabajadores, pobres, inmigrantes y grupos indefensos. Pero tampoco debería votar en contra de un candidato justificando su indiferencia o su falta de atención a alguno de estos asuntos. Hay que dejar claro estos puntos para saber de qué estamos hablando, de lo contrario estaríamos cometiendo un pecado social o el pecado de omisión.    

Debemos tener mucho cuidado con el relativismo moral y el concepto del fariseo moderno. Nosotros no podemos ser católicos de cafetería y escoger sólo lo que nos parezca. No podemos abogar sólo por los no nacidos y olvidarnos de los que ya nacieron y han sido marginados y olvidados por la sociedad. No podemos acoger a unos y marginar a otros. Nuestra identidad católica no mira prioridades, mira la justicia, la humanidad y, sobre todo, la dignidad que cada persona posee como hijo e hija de Dios. La santidad no observa una ideología; observa la fraternidad y la comunión que compartimos en el misterio de la vida con Dios. 

La Iglesia Católica no dicta que partido o candidato debe elegir un católico, pero si nos ofrece una guía para votar. Exhortemos a los fieles católicos a consultar el documento elaborado por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) titulado “Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles” con el fin de ejercer nuestra responsabilidad cívica y educarnos según las enseñanzas de nuestra fe a la hora de seleccionar un candidato. Nuestro proceso de reflexión debería incluir tres pasos. Primero, analizar todos los principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y compararlos con la postura y propuestas de los candidatos. Segundo, analizar cuidadosamente nuestra postura y examinar que nuestra intención de apoyar a un candidato no se centre en apoyar a alguno de estos males. Tercero, tenemos que comprender la moralidad de nuestra acción. 

Siguiendo estas pautas, un católico puede votar por cualquier de los dos candidatos a pesar de que sus propuestas no honren todos los principios de la Doctrina Social de la Iglesia por razones morales. De ahí, sin ningún sentimiento de culpa, emitimos nuestro voto siendo conscientes de que ya hemos discernido nuestra responsabilidad moral. 

No cabe duda de que el voto católico, y en especial, el de los hispanos, decidirá en gran parte quién ganará esta elección presidencial. Exhortemos a nuestros jóvenes y adultos por igual a que se registren y voten. Exhortémoslos también a que vean que ellos son los protagonistas de su propio cambio y la voz de aquellos que no tienen voz y voto. A través de nuestro compromiso cívico, somos colaboradores en la obra redentora de Dios, la cual busca edificar una sociedad más justa y humana. No olvidemos nuestro llamado bautismal de usar nuestra voz profética para señalar las injusticias y fomentar una cultura de encuentro. Esta eclesiología de la comunión nos permitirá vivir plenamente nuestro compromiso como buenos cristianos y honrados ciudadanos.