La voz de nuestro nuevo arzobispo, monseñor Wilton Gregory, tuvo -en su misa de instalación- un tono claro de fe y esperanza. La voz de un líder que quiere conocer a sus feligreses. En este peregrinaje lo que cuenta es que caminaremos juntos dándonos, unos a otros, el regalo del viaje, porque nadie sabe lo que nos depara el futuro, solo que caminaremos juntos. En una entrevista concedida a los periódicos arquidiocesanos El Pregonero y el Catholic Standard pergeñó que una de las cosas que piensa hacer en Washington con cierta intensidad es ir a cuantas parroquias, instituciones y escuelas pueda, porque “nunca se conocen a las personas hasta que se visitan, se ora con ellas y se les escucha”. Los jóvenes tienen una especial prioridad para él. A ellos les conmina a no perder su entusiasmo juvenil, que no pierdan sus sueños y que, más bien, “sueñen en grande” y que digan: “Hay mundos que puedo conquistar y mejorar”. Ser honestos con los jóvenes es, pues, un imperativo necesario para prepararlos a enfrentar la realidad, acompañándoles y apoyándoles. El arzobispo Gregory es consciente, además, de la profunda raigambre cultural y de identidad que tienen la cruz y la lengua en nuestra comunidad, y que nuestra herencia hispana –que incluye la tradición de la fe- es lo que nos distingue. Aboga e insiste en que no se pierda esa distinción, porque es la levadura que necesita la Iglesia.

La presencia y el entusiasmo de los jóvenes -para él- pueden ser el antídoto para la desesperación que enfrenta nuestra nación. La experiencia dice que el primer paso al conformismo es cuando se cae en la resignación, cuando no se dialoga y se termina tolerando todo, sin pedir explicaciones, como si fueran hechos inobjetables. Evitar la resignación implica participar y no solo complacernos en denunciar lo que hoy nos parece malo. En ese contexto –al decir de Orwell-, el gran enemigo de la claridad es la insinceridad. La nitidez expresiva de nuestras opiniones no debe ser una mera habilidad, ni siquiera una forma de cortesía, sino ante todo un síntoma de coraje y decencia frente a lo que haya que enmendar. Más aún si vienen acompañadas de hechos irrefutables que si bien pueden irritar a ciertos grupos también puede acarrear incomodidades más graves que los denuestos mediáticos de quienes opinan lo contrario. Fingir o callarse no son los mejores remedios contra la impunidad que bien podría ser una enfermedad.

Conscientes de que las palabras mueven, mas los ejemplos arrastran, nuestra misión ha sido y sigue siendo la de evangelizar, alentando a nuestra comunidad a tomar las riendas de su propio destino y a sentar las bases de su propia andadura, fomentando la participación de la población de todas las edades para que sean protagonistas activos en el desarrollo y bienestar de nuestra sociedad. En ese peregrinaje, trazamos una sui géneris andadura que busca tender puentes entre una comunidad inmigrante –que tiene un rostro eminentemente humano- y una sociedad que le es ajena en costumbres y lengua. Y como toda obra, anhelamos que El Pregonero sea la piedra de toque de todo lo que elijamos y apreciemos por su beneficio a nuestra comunidad y que, a la larga, su levedad, entendida como un vehículo formativo, revele su propio peso de cambio. Y así como, a nuestro arzobispo, le somos importantes para que venga y esté con nosotros, a través del ministerio de la presencia, con esa misma entereza de espíritu le recibimos y le damos la bienvenida.