La semana pasada los obispos miembros de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos (USCCB) se reunieron en la ciudad de Baltimore para asistir a la asamblea plenaria general del primer semestre del año lectivo. 

Entre los temas a tratar uno de los más importantes fue el de las condiciones y los retos que la familia inmigrante vive en el presente. Un llamado a la solidaridad y al acompañamiento por parte de los obispos, sacerdotes y religiosos fue una de las conclusiones del tema a tratar. Sin embargo, no tan solo está invitación se refiere a las personas consagradas en la Iglesia, sino que es muy importante que los laicos tengan un papel irreemplazable en este esfuerzo de acoger y abogar por aquellos que no tienen una condición legal en este país. 

Por lo tanto es muy importante unirse a este llamado de solidaridad, como el pueblo de Dios, en donde no hay distinción de quienes tienen documentos o son indocumentados, puesto que todos somos hijos e hijas de Dios, personas que merecen el respeto y poseen la dignidad de todo ser humano. Esta constante tragedia por la cual atraviesan millones de personas está reflejada en que muchas veces debido a la indiferencia se nos puede olvidar las condiciones infrahumanas en la cual niños, jóvenes y familias deben soportar y tratar de sobrevivir. 

Hemos sido creados a imagen de Dios y esto nos permite afirmar que la libertad y el derecho a la vida y a un desarrollo humano integral son condiciones inalienables de todo ser humano que vive en este planeta. Estamos llamados a vivir nuestra existencia en este mundo, no vamos a pensar que podemos realizar este fin, cuando desafortunadamente, observamos que millones de personas no viven, sino que luchan a diario por sobrevivir. 

Nuestra Iglesia a través de los siglos ha anunciado y predicado con hechos concretos los valores evangélicos: acoger al necesitado, amar al extranjero, abrir las puertas a quien lo necesita. Es un imperativo de quien se llama cristiano y desea seguir las enseñanzas de Jesús. Reflexionemos y renovemos nuestro compromiso en el amor, la misericordia y la solidaridad para con quienes más lo necesitan en estos momentos. 

Nuestra oración por el inmigrante debe ser constante. Alzar nuestra voz en pro de la misericordia y la apertura para lograr de nuestros gobernantes una legislación que contemple la reforma migratoria integral para miles de familias que ya desde hace muchos años viven en esta nación, debe ser diaria. Ante todo la disponibilidad de auxiliar y acompañar a quienes se encuentran en momentos difíciles en su existencia, es una prioridad de quienes somos bautizados y conformamos la Iglesia de Cristo en este mundo. 

Recordemos que el Señor, al final de nuestra existencia, nos va a juzgar en el amor. Aquellos que pudieron descubrir el rostro de Cristo sufriente en el rostro de sus hermanos y hermanas y no vacilaron en auxiliarle y ampararle, esos heredarán la vida eterna. 

Qué Dios bendiga a nuestro pueblo inmigrante, el cual nos recuerda que un día en la plenitud de los tiempos y por la misericordia de Dios, todos seremos peregrinos del Cielo.