Se han convertido en una especie de industria artesanal para muchas personas y, al tiempo que ofrecen beneficios, también generan buena voluntad. Un amigo querido de Atlanta me regaló tres, una de las cuales tiene el emblema de Coca-Cola. Un grupo de religiosas de la Arquidiócesis de Washington me envió otra, y luego uno de mis sacerdotes me regaló tres, cada una con un diseño elegante. 

Las mascarillas se han hecho presentes en la vida de todos nosotros, y aunque nos parezcan una molestia, nos van a acompañar por un tiempo. Las usamos para protegernos, pero también —y esto es muy importante— para proteger a quienes pueden ser particularmente vulnerables a contraer COVID-19. Las llevamos en los supermercados, en ámbitos públicos, en la iglesia y cuando salimos a dar un paseo al aire libre. Están en todas partes.

Me parece que el cubrebocas ya forma parte de la nueva normalidad que experimentamos por ahora. Algunas personas encuentran que son particularmente molestas, sobre todo quienes usan anteojos, pues se les empañan los lentes, pero sabemos que, aun cuando nos parezcan incómodas, van a ser parte de nuestra vida durante un tiempo.

Ahora bien, las mascarillas nos protegen, pero también ocultan nuestra identidad facial, al menos en parte. Cuando se usa un cubrebocas, algo de la expresión facial queda velado. La gente no puede ver si estás sonriendo o frunciendo el ceño. Por lo general, las mascarillas solo revelan los ojos y eso es lo que me parece más fastidioso, porque no puedo ver las expresiones faciales que a menudo revelan lo que sugiere el corazón.

Los ojos pueden ser expresivos cuando se combinan con una gran sonrisa o con un gesto de pesar en la boca. Los niños, exasperados al recibir una orden o petición de hacer algo, a veces ponen los ojos en blanco, pero solo una parte de la cara no denota el trasfondo que motiva las actitudes.

Jesús dijo a sus discípulos que los ángeles de los pequeños inocentes contemplan el rostro de su Padre celestial (Mateo 18, 10). Por su parte, el rostro de Esteban, el primer mártir, parecía el de un ángel, lo que enfureció tanto a sus oponentes (Hechos 6, 15) que terminaron por apedrearlo hasta darle muerte. Las mascarillas que usamos, aunque sean necesarias por el momento, impiden que los demás vean los sentimientos del corazón.

A medida que se empiezan a reanudar las misas públicas, veo que los feligreses usan sus cubrebocas en la iglesia, y así debe ser para la seguridad de todos; pero al recibir el Cuerpo de Cristo, deben bajárselo para recibir el don divino de la preciosa Presencia real del Señor. Durante esos fugaces momentos, puedo contemplar la gratitud y la alegría que iluminan el rostro de quienes reciben la Sagrada Eucaristía. Supongo que todos vamos a estar muy felices cuando ya no necesitemos más las mascarillas y finalmente se elimine la amenaza del coronavirus. La alegría no se deberá simplemente a la eliminación de la incómoda barrera física personal, sino a que se podrá hacer visible nuestra plena identidad, que los demás podrán ver y contemplar.

Cuando amanezca ese día, espero que guardemos una o más de las mascarillas que usamos como recordatorios de este prolongado período que nos ha tocado vivir. Así como otros recuerdos que la gente guarda, quizás más tarde estos cubrebocas nos llenen de gratitud por haber soportado varios meses de prueba y tal vez incluso nos den razones para sonreír de oreja a oreja y alabar a Dios por su bondad y su amor.