En estas últimas semanas del tiempo pascual, la Palabra de Dios está llena de muchas menciones de ovejas y pastores. Siendo un chico de ciudad que más tarde llegó a ser sacerdote y obispo, recuerdo haber visto ovejas durante los años que pasé en la Diócesis de Belleville, pero no tantas como cerdos, que eran la principal fuente de la industria agropecuaria en gran parte de esa comunidad, que es mayormente rural. En la Sagrada Escritura se mencionan las ovejas con bastante más frecuencia que los puercos, pero éstos también tienen alguna figuración en el texto bíblico. Las ovejas son en cambio la atracción principal. No cabe duda de que aventajan a los machos cabríos y son claramente superiores a los impuros cerdos, cuya comida ansiaba comer el desobediente y hambriento hijo pródigo. Las ovejas tienen pastores, son símbolos de prosperidad y los pastores deberían considerarlas un tesoro.

En la feliz noche del nacimiento del Niño Jesús, cerca de allí había pastores que cuidaban sus rebaños. También hemos leído que un pastor muy diligente optaría por dejar a las 99 ovejas para ir a buscar una extraviada. En la Sagrada Escritura se valora a las ovejas casi más que a todos los demás animales. Por nuestra parte, nosotros somos las ovejas del rebaño del Señor y también él nos atesora. En este tiempo de Pascua, la enseñanza de la Escritura vuelve asimismo al tema de la importancia y la misión del Pastor, que cuida con amor y celo el rebaño que el Padre le ha confiado.

Todos, incluso los que ahora vivimos en entornos urbanos y suburbanos, somos ovejas que pertenecen a la grey del Señor. Algunos, sin embargo, se desvían y se apartan, pero el Señor está siempre buscándonos. Sabemos que hemos de poner atención a la voz del Pastor y que, si seguimos sus pasos cuando él nos llame, siempre estaremos seguros.

Hay ocasiones en que las imágenes que encontramos en la Biblia no se ajustan bien al mundo en que vivimos y tal vez ciertas personas pueden pensar que la idea de las ovejas y los pastores no tiene cabida en la realidad actual. En el mundo de hoy, que tanto elogia la independencia y el autocontrol, el hecho de llamarnos “ovejas” puede resultar desagradable o incluso ofensivo para algunos. Pero lo cierto es que, en realidad, todos necesitamos un protector, pues en cualquier variante del camino nos extraviamos alguna vez, posiblemente por ser víctimas de sujetos depredadores, ya sean de índole animal, social o viral. 

Una de las terribles experiencias de la pandemia actual es que al parecer todos somos muy vulnerables. Todos podemos caer ante el ataque de un depredador que, por el momento, no podemos detener y recurriendo a la fe oramos por un remedio, una respuesta, un protector, una solución. Todos queremos sentirnos seguros de nuevo, como la oveja perdida que se había extraviado y que fue encontrada por el amor y el celo del pastor.

Es posible que, para describir la condición que vivimos en el momento presente, podamos encontrar imágenes contemporáneas más adecuadas que las del pastor y sus ovejas; pero al escuchar lo que la Palabra de Dios que nos dice acerca del Pastor bueno y fiel, sin duda, asentiremos y reconoceremos que es él a quien necesitamos en este momento. 

Alguno dirá: “¡Pero yo no soy una oveja! Soy una persona racional, capaz de tomar mis propias decisiones y tengo muchos talentos y aptitudes”. No obstante, hay que reconocer que sería maravilloso contar con alguien que vele constantemente por nosotros y nos haga sentir de nuevo seguros y protegidos. ¡Hasta desearíamos llamarlo nuestro Buen Pastor!