La familia inmigrante encara retos personales, culturales y económicos, pero a la vez encuentra enriquecedoras oportunidades en los tres aspectos, tema que se abordó en un reciente debate sobre inmigración en el Instituto de Política Migratoria (MPI). 

En el debate se ahondó el impacto de la migración en una familia de Filipinas y se exploró el fenómeno tanto a nivel global como personal, que no es un fenómeno nuevo, ya que la migración empezó desde que el ser humano está en el planeta, subrayaron los organizadores. 

En la actualidad hay 258 millones de personas que viven fuera de su tierra natal (se duplicó desde el nuevo milenio).

El punto de partida del debate fue el libro "Un buen proveedor es el que se va: una familia y la migración en el siglo XXI" de Jason DeParle, reportero del diario The New York Times.

El autor hizo un recuento de la vida de una familia de inmigrantes filipinos durante un periodo de tres décadas, desde que salieron de Manila, vivieron en Medio Oriente y llegaron al área de Houston, Texas.

DeParle quería escribir sobre la vida en Filipinas y conoció a Tita Portagana en 1987, quien le rentó un espacio en Manila. En esos meses se creó una amistad que más adelante le daría base, información e inspiración para desarrollar el libro.

La obra conecta pobreza, migración y programas de seguridad social y descata la fuerza que hay detrás de la migración global. Cuenta cómo esta familia se dispersó movida por la presión por sobrevivir.

El esposo de Tita tuvo que trabajar en limpieza en Dhahran, Arabia Saudita y su hija Rosalie lo sigue dos décadas después. La joven siempre tuvo en mente su intención de llegar algún día a Estados Unidos. 

Demostró tenacidad, afán en los estudios y fue concretando su sueño con mucho esfuerzo.

Rosalie llegó a ser enfermera y vino a trabajar en un hospital en Texas. Preocupada y comprometida con el futuro de su familia inmediata conformada por su esposo filipino y sus tres niños, también por su familia extendida, ella se convirtió en sostén familiar.
"A Rosalie, le era difícil aprender el inglés, pero era una muy buena enfermera", dijo el escritor en la charla sobre su libro. 

La obra incluye las diferencias culturales entre Filipinas y EEUU y cómo la protagonista sufre por ello y se va acostumbrando. Por ejemplo, en Asia las mujeres son obedientes y no hacen preguntas, mientras en Estados Unidos son independientes y seguras.

En el libro se explica el temor de los inmigrantes cuando acuden a la escuela de sus niños, las barreras de idioma que dificultan lo básico como las visitas al médico y defender los derechos en el sitio laboral. El autor se convirtió en su defensor, apoyo y traductor en trámites migratorios.

La experiencia de Rosalie, está cargada de altibajos, como la de muchos hispanos, pero también encierra una historia de éxito: la de una inmigrante que toma las riendas de su vida para salir adelante.

"Los sueños se tornan realidad en esta nación de inmigrantes", destacó el autor en la charla en Washington.

En este contexto del libro (y la vivencia de esta familia Filipina), también surgió el tema de la importancia de la fe para el que emigra, la comunicación con la familia que quedó atrás (más fácil gracias a la tecnología) y el aporte de las remesas. Según el Banco Mundial, Filipinas es el tercer mayor receptor de remesas.

La obra no toca los controversiales temas actuales de los indocumentados que cruzan la frontera ni los menores detenidos en centros de inmigración estadounidenses ni 'los soñadores'.

En Estados Unidos viven 44 millones de inmigrantes y según el autor es importante acogerlos. Mientras el ambiente antiinmigrante tilda a los extranjeros como criminales y terroristas, el autor subraya: "Los trabajadores necesitan trabajo y los países necesitan trabajadores".