Creo que es justo decir que, al parecer, para la mayoría de nosotros, la vida se nos puso al revés. Hace más de cuatro meses, nos pidieron que nos quedáramos en casa más de lo que nunca lo hemos hecho y que cambiáramos ciertas rutinas. Casi todos lo hemos hecho con gran dedicación, no solo por nosotros mismos, sino también por nuestras familias, amigos y conocidos.

Debo admitir que no ha sido nada fácil, especialmente para alguien a quien le agrada estar con la gente, ya sea con los clientes de Caridades Católicas, con nuestros generosos auspiciadores o con nuestros empleados. Ahora tengo reuniones en Zoom y otras interacciones en línea, pero no es lo mismo. 

Sin embargo, eso no es nada en comparación con los aprietos que muchos han tenido que afrontar en estos últimos meses. He alternado con personas mientras sus padres luchaban contra el COVID-19, algunos de los cuales no se han recuperado y he tenido que sepultarlos. He tratado de ayudar a una familia que lidiaba con el suicidio, y he trabajado con parejas que se vieron obligadas a posponer sus bodas. Y la lista no termina.

Pareciera que por todos lados nos rodea la enfermedad, la muerte, las penurias, el dolor, la pérdida de empleos, la falta de comida, la decepción y mucho más. Los que laboramos en Caridades Católicas lo vemos de primera mano en aquellos a quienes ayudamos y es desgarrador. 

No sabemos qué otros trastornos habrá en la vida ni lo que nos deparará el futuro, pero teniendo siempre presente que “Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito” (Romanos 8, 28), he estado orando y pensando en lo bueno que puede salir de todo esto y he encontrado algunos rayos de esperanza.

Ve, hermano, si algo de esto tiene resonancia contigo.

Primero, mi horario es diferente, y también el ritmo de mi vida. Lo noto a primera hora de la mañana, cuando no tengo que viajar a diario a la oficina. Me ha gustado despertar y pasar más tiempo en tranquila oración. Me siento menos apresurado al rezar el breviario, y me gusta tener más tiempo para la meditación. Mis oraciones han cambiado porque el ritmo de la vida ha cambiado, y me siento agradecido porque puedo usar ese tiempo para hablar más con Dios. 

También puedo hacer más ejercicios. Suelo ejercitarme por la mañana desde hace años, aunque no siempre he podido trotar o caminar con energía hasta subir las palpitaciones del corazón; pero en los últimos meses he salido a caminar casi todos los días, al menos cinco veces a la semana, y lo hago por más de una hora. De hecho, ¡ahora sé dónde queda cada terreno alto del vecindario! y noto inmediatamente dónde hay una subida o bajada y un terreno plano. Un poco de esfuerzo extra no es malo. 

Casi siempre termino rezando el rosario en los últimos 10 o 15 minutos de caminata, mientras recorro el perímetro de la parroquia de San Bartolomé y paso las cuentas con los dedos. Me gusta terminar el paseo, y a veces el día, con un sentido real de la Santísima Madre y su influencia en mi vida. Su “sí” al ángel Gabriel es mi especie de mantra, y siempre trato de repetirlo cada vez que puedo. Darle alabanza a ella y expresarle mi gratitud mediante el rosario es una parte esencial de mi oración diaria. 

En el pasado, el rezo del rosario no era para mí tan sentido ni de tanta reflexión como ahora que tengo más tiempo. Meditando sobre los misterios en la quietud de la iglesia he oído que el Señor me habla.

La Sagrada Eucaristía siempre ha despertado en mí un gran amor, pero ahora tengo un nuevo aprecio por la manera cómo se celebra. Siendo sacerdote recibo la Eucaristía todos los días, pero extraño bastante reunirme en torno al altar con nuestra gente de San Bartolomé, compartir el don de predicar y reflexionar sobre la Palabra de Dios antes de que todos recibamos juntos la Eucaristía como familia. 

Abrigo la esperanza de que, mientras pasan las semanas y los meses, muchos que no han podido venir a la iglesia debido a la preocupación por el virus, vean que pueden empezar a venir regularmente a la parroquia. Creo que todos necesitamos la Eucaristía, y sé que nosotros los necesitamos a ustedes. Todos nos necesitamos mutuamente para aprovechar al máximo el gran regalo que significa el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

También he encontrado una dimensión esperanzadora en el tiempo extra que paso con los empleados de Caridades Católicas por lo menos dos veces por semana en las llamadas por Zoom. Las llamadas comenzaron como sesiones de escucha y ¡qué bendición han sido! Doce empleados nuestros se conectan conmigo por teléfono y escuchamos directamente de ellos lo que piensan y comparten. 

Muchos se preocupan por sus clientes, por las desigualdades raciales y por el cuidado de sus hijos mientras trabajan desde casa, y no es fácil para ellos ayudar a sus hijos a recibir la educación que necesitan mientras trabajan a tiempo completo. Me he enterado además de que para muchos la vida es cuesta arriba cuando su cónyuge, sus hijos y o sus padres ancianos necesitan cuidado y atención día tras día. 

También me he percatado más que nunca de lo importante que es ponerse en el lugar del otro. Si procuramos hacerlo en las dificultades actuales, ya sea por la pandemia o por el dolor de la discriminación y la intolerancia, mejor podremos reconocer las necesidades de los demás y así tratar de ayudarles.

Pero la mayor luz de esperanza es que Dios no nos ha abandonado en nuestras adversidades. Algunos se preguntan dónde está Dios en todo esto; pero yo veo a Dios todos los días en el amor de aquellos que salen a cuidar a los necesitados. Veo a Dios en el personal de Caridades Católicas y en nuestros generosos auspiciadores; veo a Dios en los socorristas, en los hospitales, en los asilos de ancianos y en los centros de salud. Veo a Dios en los sacerdotes que trabajan incansablemente para mantener viva la fe, y lo veo día tras día en todos aquellos que se desviven por amar a Dios y al prójimo.

Nuestro Dios, que envió a su único Hijo a morir por nosotros y abrir las puertas del Cielo, nunca nos abandonará, especialmente cuando las cruces que llevamos nos parecen tan pesadas. Unamos cualquier sufrimiento que tengamos que soportar con la pasión de Cristo por la salvación del mundo, y celebremos cada día la inagotable presencia divina de nuestro Dios, que nos ama más de lo que jamás podremos entender.