El impacto de Covid-19 –según la OECD- es diez veces más grave que la crisis financiera de 2008 y el daño causado ha sido asimétrico: el 50 por ciento no puede trabajar desde su hogar y son los que menos ganan, un 40 por ciento de los autoempleados o que trabajan a tiempo parcial han sido afectados y son los menos protegidos, los jóvenes son los más afectados por el desempleo y la situación es ófrica para los recién graduados, las dos terceras partes de las mujeres trabajan en el sector salud y la mayoría que trabajan en casa perdieron sus trabajos. En suma, los que más ganan pueden trabajar desde su casa y los que menos ganan dejaron de trabajar porque perdieron sus empleos. Una cruda realidad: quedarse en casa por la pandemia es grave para los más pobres. Y como van las cosas –con un diario aumento de contagiados- es difícil hacer proyecciones. Si hay una segunda ola de contagios se perderán muchísimos más trabajos de los que ya se perdieron.

Lo que está ahogando a la economía es el miedo. El nuevo coronavirus es tan incierto que nos deja en la disyuntiva de regresar al trabajo sin saber quién es asintomático o no retornar. El virus es un ‘jefe’ de facto, no el presidente o algún gobernador, y nadie sabe que vendrá después de la pandemia. ¿Quizá la desglobalización? La pandemia vino fuera de la economía, por lo tanto, el estímulo es -en realidad- un dinero que lanzamos a la hoguera de la chimenea para mantenernos calientes porque no hay calefacción. Vale decir, no hay tal estímulo, sino más bien un apoyo vital para mantener a flote a las personas. Queda claro, pues, que el estímulo solo funcionará cuando el nuevo coronavirus este bajo control. Por eso son importantes los tests masivos para identificar y cerrar el paso al virus como sucedió en Alemania o Corea del Sur, donde el desempleo no fue tan drástico. Ergo, para responder a la crisis es vital mantener el apoyo del público. Si la gente piensa que todo está fuera de control y nada funciona, el Estado pierde la habilidad de continuar luchando. No hay nada más grave que socave la confianza ciudadana cuando no hay ayuda o no llega o va la gente equivocada. Entretanto, la ‘cuarempena’ -la tristeza de permanecer encerrados en casa para evitar contagios- continuará haciendo estragos.

Se necesita un marco de referencia y no solo tests, una mayor flexibilidad para saber qué funciona y qué no, porque no sabemos lo que sigue, solo la certeza de que cualquier deuda que contraigamos no será un ‘almuerzo gratis’. Nadie es una isla y se puede aprender de experiencias ajenas. En Alemania, donde el Gobierno mostró liderazgo y los ciudadanos creen en su líder, hicieron tests masivos y tomaron medidas coherentes que hicieron posible contener al virus y salvar vidas. Mientras que en Suecia, donde no tomaron ninguna medida por beneficio de la economía, no ganaron nada económicamente y perdieron miles de vidas, sucede que el miedo hizo que la gente no acudiera a los cines o restaurantes a pesar de estar abiertos al público. En nuestro país el mensaje confuso y contradictorio politizó la pandemia dejando a cada Estado a su suerte. El Covid-19 acabó con la expansión económica y continuará porque sabemos poco del virus y es difícil de controlar. La recuperación será gradual y para iniciar la tarea de reconstrucción será necesario cambiar nuestro contrato social por uno donde haya una mejor redistribución, se elimine las crueles desigualdades en el ingreso, un acceso universal a los servicios de salud, invertir en programas de entrenamiento para jóvenes y desempleados y que se mantengan no solo en los malos momentos, sino también en los buenos. Y no cometer el supino error de seguir levantando muros, sino más bien expandir la migración legal porque la inmigración ha sido –desde su fundación- el motor del desarrollo del país.