En tiempo de pandemia, los hogares de inmigrantes están siendo fuertemente afectados por el COVID-19, por el miedo a ser contagiados y contagiar a otros, el desempleo, los problemas financieros y las políticas antiinmigrantes, pero mantienen la fe en Dios para salir adelante.

El panorama es aún peor para los inmigrantes indocumentados porque se les excluyó y no reciben el cheque de ayuda del Gobierno, no tienen ahorros, se les dificulta volver a trabajar en una economía en recesión, no cuentan con seguro médico y tienen limitadas opciones de legalización. 

"Pasé un tormento, estuve a punto de morir por el coronavirus", contó la salvadoreña Evelyn Herrera de Cuéllar. Cuando le diagnosticaron el virus, el 30 de abril, tenía 8 meses de embarazo. Presentó fiebre, temblores, dolores de cabeza muy fuertes, vómitos y diarrea. 

"Sufrí mucho cuando estaba esperando a mi bebé. Mi hija mayor llorando me pedía un abrazo y no podía dárselo. Mi corazón se hacía pedazos", dijo quien en cuarentena se comunicaba con la niña dentro del hogar por mensajes de texto y de voz.

Su pareja no presentó síntomas, pero ella pasó tres días muy grave. Fue entonces cuando les dieron la noticia de que la niña, de ocho años, también estaba contagiada. "Lloraba mucho, la situación me tenía devastada", dijo esta madre inmigrante.

Ambas estuvieron varios días batallando con los síntomas de la enfermedad. La madre pasó siete días muy mal y hasta tres semanas sin sentir el sabor de la comida, la hija tuvo síntomas por 15 días. 

Apenas restableciéndose, Evelyn se sometió a una operación de cesárea el 22 de mayo. Entonces, nació su bebé Angeline muy saludable.

"¡Estoy viva de milagro! Pensé que me iba a morir", dijo esta ferviente católica. Reconoce que se ha aferrado mucho a Dios y su fe ha sido muy importante para ella en esos momentos tan difíciles. Agradece a los que se sumaron a las varias cadenas de oración por teléfono para darle ánimo y paz.

En medio de la crisis económica, ocasionada por la pandemia, esta pareja se queda sin trabajo. Ella trabajaba como camarera, pero lleva cuatro meses desempleada y sin salir de casa. Él trabajaba como carnicero, pero se le hizo difícil encontrar un nuevo empleo debido a la recesión ya que no tiene documentos de migración. Últimamente consiguió un puesto como cajero en un supermercado, es la única fuente de ingresos para sostener a toda la familia.

Evelyn califica de "terrible" lo que han vivido y las dificultades que aún encaran. 

Están contentos y agradecidos con Dios, por la bebé recién nacida y porque ya todos están bien de salud. 

Sus familiares han contribuido financieramente para que puedan pagar la renta de una vivienda en Germantown. Mientras la iglesia San Martín de Tours, ubicada en Gaithersburg, Maryland, les ayuda con pañales y comida. 


Tras el sueño americano


Mélida Godoy (37) huyó de Guatemala debido al abuso doméstico y la violencia de pandillas. Tomó la decisión de venir a Estados Unidos con la intención de salir adelante y hallar seguridad, pero jamás imaginó que iba a experimentar una odisea en la frontera, el coronavirus en carne propia y el desempleo en el marco de una recesión económica sin precedentes.

"Mi situación era muy grave en mi país. Fui víctima de violencia doméstica y me tuve que separar de mi esposo, quien me tenía amenazada. Además, las pandillas amenazaban y extorsionaban a mi familia", contó en una entrevista telefónica.

Dejó atrás a sus padres hace dos años con la esperanza de encontrar rápido el “sueño americano”, pero aparecieron tres retos difíciles. Dos fueron inesperados, dos ya los superó.

Los coyotes la ayudaron a cruzar las varias fronteras con sus tres hijos, que ahora tienen 7, 9 y 10 años. Sin duda, una experiencia larga, llena de altibajos, angustiante y arriesgada.

Ya en suelo estadounidense, esta madre soltera empezó a limpiar casas y ganar un poco de dinero. Sus hijos ingresaron al sistema escolar público del condado de Montgomery, en Maryland. No solo aprenden, también reciben alimentos gratis y un seguro de salud. Buen comienzo para los recién llegados.

Pero a mediados de marzo se desata la crisis del coronavirus, la economía se paraliza y ya no puede seguir trabajando. De repente, se enfrenta en abril a un diagnóstico inesperado y sin ingresos.

"Empecé a sentir dolor de cabeza. Tenía tos, no podía respirar profundo, me ahogaba. Estuve 7 días con fiebre. Entonces, empezó el ardor en la piel. La inflamación y el dolor en la espalda eran terribles", contó Mélida.

Se sentía tan mal que pasó 5 días sin comer. No tenía deseos de hacerlo y había perdido el sentido del gusto.

En ese entonces, los hospitales y las líneas de asistencia a pacientes con coronavirus estaban saturadas. Dejaba mensaje y no le devolvían la llamada. Un médico privado le atendió por video-llamada y, sin hacerse la prueba, le confirmó que tenía lo mismo que tres millones de personas en el país.

Entonces se aferró a su fe, oraba por su vida y confiaba en Dios. 

Se mantuvo con té, alternativas naturales, aspirina, tylenol e ibuprofen hasta que el coronavirus pasó.

El malestar se extendió por casi dos semanas en las cuales se mantuvo aislada de sus hijos en un cuarto. Le dolía rechazarlos, pero lo importante es que no se contagiaron. Ya superado el COVID-19, reconoce que ellos fueron su principal motivación para salir adelante.

Desde hace unos días empezó a limpiar casas otra vez, pero en la crisis laboral actual, gana la mitad de lo que ganaba antes. Su hermana le ayuda dándole techo en Gaithersburg y cuidándole a los niños. 

Igualmente, la parroquia San Martín de Tours le ha venido ayudando todo este tiempo, llevándole alimentos a su hogar.

Mélida está gestionando la solicitud de asilo en este país y a la espera de un permiso de trabajo. Su caso no es fácil ya que lamentablemente el Gobierno actual eliminó la posibilidad de asilo para víctimas de violencia doméstica o de pandillas. 

Aún le queda el tercer reto por superar: encontrar empleo en un país sumido en una profunda crisis sanitaria-económica-financiera. Sin documentos, el proceso será cuesta arriba, más no imposible. Aunque la bienvenida a Estados Unidos ha sido muy dura para esta inmigrante, su largo proceso de adaptación ya está en curso. Sin duda, aparecerán nuevos retos.