La pena de muerte no es la única manera de proteger a la sociedad. Las familias de las víctimas a menudo ofrecen “un maravilloso testimonio de misericordia cuando desde lo más profundo de su dolor encuentran en su corazón la capacidad de perdonar”, afirmó monseñor Wilton Gregory en una mesa redonda sobre la pena capital.

Ese acto de perdón –agregó- es el "antídoto contra la violencia que parece cercarnos”.

En el diálogo, transmitido por Catholic News Service en el Día Mundial contra la Pena de Muerte, el 10 de octubre, participaron los arzobispos Wilton Gregory de Washington, DC; Paul Coakley de Oklahoma City; el obispo Frank Dewane de Venice, Florida.

En la discusión quedó claro que la violencia cometida en nuestro nombre no es más humano y no hace justicia para todos nosotros, amén de que los católicos podemos aprender más sobre la oposición de la Iglesia Católica a la pena capital y lo que dice sobre ella.

El arzobispo Coakley señaló que la pena capital es errónea de muchas maneras, sobretodo porque “embrutece a la sociedad" y porque en lugar de avanzar agrava aún más la violencia. 

Por su parte, el arzobispo Gregory precisó que “nos hace violentos hacer violencia contra otro ser humano”, sea un nonato o una persona que este al final de su vida o haya cometido un grave delito. Todos pertenecen a la creacion de Dios.

Los obispos afirmaron lo sagrado de la vida humana y la dignidad humana al que todos, cuando es violada o atacada, estamos llamados a intervenir y convertirnos en la voz de aquellos que no pueden hablar por sus propias vidas.

La pena de muerte presenta muchos problemas, uno de ellos es que muchos de los demandantes de color no han sido juzgados por sus pares y se ha visto como las pruebas de ADN han exonerado a presos condenados a muerte, mencionó Gregory.

Dewane mencionó, además, que en el “corredor de la muerte” hay muchas personas de color o personas que están en la extrema pobreza o personas que sufren enfermedades mentales, precisando que la sociedad debe examinar estos factores y considerar no sólo medidas punitivas, sino redentoras.

Coakley dijo que cuando hablemos de abolir la pena de muerte debemos reconocer el sufrimiento de las víctimas y sus familias. En su estado, el padre de una joven que murió en el atentado de Oklahoma City, donde en 1995 murieron 168 personas, lucha ahora contra la pena de muerte.

Ese padre –con quien Coakley habló- sólo llegó a ese punto cuando reconoció que la pena de muerte no podía traer curación y consuelo. El arzobispo dijo que, en última instancia, lo único que trae a las familias de estas víctimas sanación o consuelo es "misericordia, estar dispuesto a perdonar".

Coakley manifestó que es muy importante investigar, aprender y estudiar las enseñanzas del magisterio de la iglesia sobre la pena de muerte.

Gregory subrayó que debemos encontrar la manera de que nuestro pueblo entienda que “el Evangelio nos llama a la misericordia y que esa es una dimensión innegociable de nuestra fe". 

También reconoció que ese no es un mensaje fácil de seguir, mas “la misericordia nunca es barata. La misericordia tiene un precio, pero el precio de no ser misericordioso es más destructivo de lo que la mayoría de la gente entenderá”.