La nueva norma que pretende rechazar la residencia legal a los inmigrantes definidos como ‘carga pública’ por recibir “uno o más beneficios públicos durante más de 12 meses en un período de 36 meses” -que entrará en vigor el próximo 15 de octubre- tendrá consecuencias terribles en las familias inmigrantes y las comunidades menos favorecidas quienes no podrán acceder a los más básicos servicios de salud, vivienda, educación y asistencia alimentaria. La draconiana medida, dada a conocer por los Servicios de Ciudadanía e Inmigración, destrozará comunidades, escuelas, centros de trabajo y el sector agrícola: una continua escalada de “una política de terror y racismo contra los inmigrantes”. Esta nación de inmigrantes -a pesar de la histeria racista- ha sido capaz de resistir, a lo largo de su historia, la tentación de cerrar sus puertas al mundo, no sin una injusta victimización de los inmigrantes. Ninguno de los ciudadanos de hoy estarían aquí si no hubiera sido por esos generosos programas que ampararon y ayudaron a sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos a venir aquí en busca de mejores oportunidades de vida para ellos y sus familias. ¿Dónde está el crimen?

Los inmigrantes no buscan caridad, sino justicia y la oportunidad de ser buenos ciudadanos y merecen respeto a su dignidad. Sin embargo, la actual experiencia del inmigrante se encuentra bastante lejos de lo que proclamó Jesús: muchas personas que intentan migrar están sufriendo y en algunos casos muriendo, se vulneran sus derechos humanos y se separan familias. Un inmigrante indocumentado, que no es un criminal, es un ser humano con derechos inalienables que deben ser respetados. Su situación inmigratoria irregular no significa criminalidad. Las redadas, una cruel realidad que muchos prefieren no ver, tienen nefastas consecuencias: el ambiente de miedo y la falta de confianza evita que los inmigrantes y sus familias practiquen en público su fe, lleven a sus hijos a la escuela o soliciten servicios médicos y sociales. Las redadas son un úcase inhumano que debería cesar o ceñirse a parámetros acordes con el respeto a la dignidad del hombre y la protección de los más vulnerables, como es el caso de los niños.

Los problemas de convivencia que surgen con la inmigración nos conminan a encontrar puntos de convergencia que hagan que esa convivencia sea armónica, de allí la importancia de PARTICIPAR que no solo implica ser PARTÍCIPE de algo, implica también PERTENENCIA a un grupo o un país, con plenas obligaciones y derechos. La idea es vital cuando caemos en la cuenta de que solo podremos reclamar lo que nos pertenece por derecho propio y, por supuesto, honrar nuestros compromisos y obligaciones cuando sentamos presencia o cabildeamos en favor de la justicia. El apostolado de la presencia es un ejemplo que arrastra: una muestra genuina de la responsabilidad que nos compete a todos cuando se trata de llegar a buen puerto o cuando de éxito se hable. El mensaje es claro y fuerte: no podemos ser meros observadores, ni mantenernos impasibles, cuando se trata de hacer o reclamar justicia, sobre todo, por los más vulnerables.

Esta es la hora de participar con firmeza no solo para afirmar nuestra identidad –herencia hispana-, sino para declarar la riqueza cultural que reside en cada uno de nosotros, en nuestra lengua y en nuestras tradiciones religiosas. Ese anhelado nuevo amanecer se gestará solo si participamos activamente en la vida cívica y comunal de nuestra sociedad. En esa misma medida seremos los gestores de nuestro propio destino y futuro abrazando con ardor y sin menoscabo los principios primigenios de igualdad y oportunidad para todos que definen el carácter fundacional de nuestra gran nación y de lo que significa ser “americano”, donde no debería haber ciudadanos de segunda clase. Todos queremos una mejor vida para nuestros hijos. Allí no hay pecado, ni crimen, sino más bien mucha entereza y amor al trabajo y a la familia que podemos capitalizar si participamos masivamente a través del voto. La compasión por los desamparados y el respeto a la ley -dos grandes tradiciones americanas- deben ser, al igual que la justicia y la misericordia, las razones de nuestra respuesta a la inmigración indocumentada y no la ira y el resentimiento.