Es una palabra que ahora usamos una y otra vez, especialmente en esta época del año: ¡Aleluya! 

En las clases de educación religiosa, al comienzo de la Cuaresma, se les dijo a nuestros niños que por ese tiempo “guardaran el Aleluya” y no pronunciaran la palabra. Y como sucede con los pequeños en todo el mundo, ellos tomaron muy en serio el observar exactamente esa formalidad. Bueno, ¡ahora el aleluya ha despertado y ha sido liberado nuevamente! Esta simple palabra proclama con orgullo a todo el mundo que algo maravilloso ha sucedido y por eso la queremos proclamar reiteradamente y con mucho entusiasmo, porque aleluya significa “¡Alabado sea Dios!”

La exclamación “aleluya” pertenece de una manera singular al tiempo pascual, pero continuamos utilizándola a lo largo de todo el año litúrgico, excepto en Cuaresma. Cuando la pronunciamos en el tiempo de Pascua, nos deja entrever la profundidad del júbilo que colma el corazón de la Iglesia ante la Resurrección de Jesucristo, porque Dios ha hecho algo realmente extraordinario y maravilloso al resucitar a Jesús, nuestro Señor, de entre los muertos. Y ninguno de nosotros puede manifestarle adecuadamente al Señor la alabanza, la gratitud y el júbilo que sentimos al contemplar su espléndida y sublime obra redentora.

Es como si toda la Iglesia elevara su voz en una gigantesca concentración de júbilo por las magníficas victorias y conquistas logradas por Dios durante el tiempo pascual, cuando cantamos o pronunciamos aquella antigua aclamación de adoración. Pero cada uno de nosotros tiene, además, tantas otras razones personales para prorrumpir en alabanzas y gratitud por lo bueno que ha sido Dios en la vida propia. Ahora que estamos “secuestrados” en el hogar por causa del COVID-19, tal vez no pensemos mucho en todas las maravillosas bendiciones que Dios sigue prodigando a Estados Unidos. En épocas como la que experimentamos ahora, es posible que uno no piense en que la bondad de Dios está siempre presente en nuestras familias y en nuestra fe, aun cuando no podamos participar personalmente en las celebraciones rituales que significan tanto para nosotros. Dios es bueno todo el tiempo y a nosotros nos toca simplemente descubrir y reflexionar en la asombrosa enormidad que significa el amor generoso de Dios en nuestra vida.

Hay muchas cosas que nos causan ansiedad, malestar y tristeza en este momento, pues vemos con dolor que las listas de quienes penosamente han fallecido a causa de este virus siguen creciendo, y nos sobrecoge el número de todos aquellos que han perdido sus empleos a causa de los estragos económicos que esta pandemia está causando en todo el mundo. También nos preocupan las personas vulnerables que son presa del miedo ante la propagación del coronavirus. No es raro, pues, que todos estos sentimientos hagan deslucir el entusiasmo al exclamar “¡Aleluya!” 

Pero, incluso en medio de la angustia y el dolor, hay manifestaciones espontáneas de sentida gratitud por el servicio desinteresado que prestan tantos profesionales médicos, personal sanitario, enfermeras, socorristas, benefactores generosos e incontables personas comunes y corrientes que se ponen a la altura de las circunstancias ofreciendo su servicio caritativo. Todos ellos merecen un aleluya. Y hemos visto estas expresiones de gratitud cuando la gente decide espontáneamente expresar su agradecimiento aplaudiendo y lanzando vítores en homenaje a cuantos nos sirven y nos protegen.

Los músicos cantan y tocan instrumentos, otros agitan banderas, otros golpean ollas y sartenes y baten palmas rindiendo homenaje a la admirable valentía y el abnegado servicio de aquellos que arriesgan su propia vida para atender y cuidar a los enfermos. El Aleluya viene muy bien en tales contextos mientras alabamos a Dios por la bondad de estas personas, especialmente en ocasiones de tribulación como la presente. Por eso, escribe una breve nota a alguien que tú sepas que está trabajando para lograr que la vida siga adelante para todos nosotros. Exprésale tu gratitud a un sacerdote, diácono o religioso o religiosa que sigue estando disponible para cumplir la misión de la Iglesia. 

Faltaría a mi deber si no concluyera esta columna con una palabra de sincero agradecimiento al personal de nuestro Centro Pastoral, que se ha esforzado por mantener a la Arquidiócesis de Washington avanzando vigorosamente con el servicio creativo y maravilloso que todos ellos prestan. También estoy muy agradecido al personal de nuestras parroquias, que sigue buscando formas novedosas de ayudar a la Iglesia a mantener su presencia en la vida de nuestro pueblo. Hay muchas razones para gritar “¡aleluya!”, no solo por el gran don del Señor Resucitado, sino también por todo el pueblo que sirve en su nombre. ¡Aleluya!