En la Marcha por Trabajo y Libertad -el 28 de agosto de 1963- el reverendo Martin Luther King, Jr, dio su memorable discurso “I Have a Dream” y el entonces arzobispo de Washington, Patrick O'Boyle, ofreció la oración de apertura en el Monumento a Lincoln. Hoy, 57 años después de ese histórico día -mientras continuamos luchando por acercarnos al ideal fundacional de la igualdad, donde todos somos iguales bajo la ley y merecemos las mismas oportunidades-, la mayor batalla del doctor King sigue en ciernes: la lucha contra la pobreza y la desigualdad de oportunidades económicas, amén del rampante virus del racismo. Conmemorar la Marcha de 1963 nos planta en nuestra realidad, donde legiones de familias luchan, día a día, por un salario digno que les permita sostener a sus seres queridos, en medio de una pandemia que -con cruel crudeza- ha ‘desnudado’ y exacerbado inveteradas injusticias y desigualdades. La feral urgencia del ‘ahora’ no deja resquicio alguno a la indiferencia, solo el ineludible compromiso de justicia, igualdad y reconciliación, luz que se ve al final del túnel.

Una de las últimas acciones públicas de MLK, antes de que fuera asesinado en el balcón del motel Lorraine, fue solidarizarse con los trabajadores de sanidad de Memphis quienes al declararse en huelga tomaron responsabilidad personal por el modo injusto como eran tratados en sus trabajos: años de discriminación racial, maltratos, humillaciones y peligrosas condiciones de trabajo. Con la histórica huelga, miles de trabajadores afroamericanos del sector de sanidad dieron un propósito a sus destinos tomando plena responsabilidad por sus acciones. Su frustración resumía esta vital acotación: “Limpiamos las calles con pulcritud, nos presentamos a trabajar a tiempo, trabajamos sobretiempo sin quejas y, aun así, recibimos menos paga que nuestros compañeros blancos, y mi humanidad es cuestionada todos los días”. Palabras familiares que hoy se hacen eco en el soterrado grito de los ‘trabajadores esenciales’, integrado significativamente por minorías quienes son las mayores víctimas de la pandemia causada por el Covid-19.

MLK mencionaba iterativamente un vital pasaje de la Declaración de Independencia que dice “que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Nos recordaba de esa manera que todos fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios, sin dejar de lado –por supuesto- de que la ‘igualdad económica’ es también el reconocimiento de la más básica ‘igualdad humana’. Al respecto, se ha avanzado mucho y se han aprobado leyes laborales que han tenido efectos positivos. Sin embargo, una legislación no puede forzar o cambiar los corazones o la mentalidad de las personas. Consciente de ello, King sabía que la ‘igualdad económica’ tiene que ser luchada en el interior de nuestras comunidades y de nosotros mismos y no depender de fuerzas externas a nosotros, como el Gobierno. Es un deber y un compromiso y responsabilidad personal, donde la participación y el ‘apostolado de la presencia’ son vitales, mas no siempre dirimentes porque, al final del día, aun cuando nuevas leyes puedan propiciar un cambio socioeconómico los hombres pueden resistirse a ella y derrotarla en espíritu. Por eso, a la luz del sermón “I’ve Been to the Mountaintop” del Dr. King, la pregunta ‘qué puedo hacer personalmente para cambiar el status quo’ sigue hoy más vigente que ayer.

El viernes 28 de agosto a las 4 de la tarde, el arzobispo de Washington, Wilton Gregory, celebrará una misa en conmemoración del 57º aniversario de la Marcha por la Paz y Justicia de 1963 en Washington (https://youtu.be/KSCtdXuMQa4).