Para los hispanos del área metropolitana el vacunarse no solo es una prioridad sanitaria, sino que representa una forma segura de seguir trabajando y cuidar de sus familias. El desempleo y las muertes provocadas por el coronavirus han desterrado el miedo a inocularse con las vacunas producidas por los laboratorios Pfizer o Moderna.

Para la salvadoreña Bertha Ramos (57 años) haber sido vacunada es una “bendición”, pues su condición de diabética y sobreviviente de cáncer podría provocar consecuencias clínicas graves si el COVID-19 atacara su debilitado sistema inmunológico.

“Mi trabajo de cajera en un supermercado me exponía al contagio. Gracias a Dios y la ayuda de mi doctor me pude vacunar en el hospital de Germantown. La verdad que no tuve miedo, solo un poco de dolor en el brazo, pero al día siguiente todo paso. Hoy que ya recibí las dos dosis me siento más segura”, dijo Ramos.

El peruano Ernesto Rivero (47), encargado del mantenimiento de equipos electrónicos en una casa de ancianos de Gaithersburg, durante varios meses fue testigo en primera línea de las muertes provocadas por el mortal virus. Cuando se inició la campaña nacional de vacunación, su nombre fue registrado en la lista de personas para ser inoculadas.  

“Desde que se inició la pandemia en marzo del año pasado estuve trabajando con médicos y enfermeras. Pese a la exposición diaria al coronavirus, no me infecte. Ahora que me colocaron las dos dosis de la vacuna, le pido a Dios que cuide de mi familia y que pronto ellos también puedan vacunarse. No existe ningún motivo para sentir temor”, señaló Rivero.

El salvadoreño Benjamín Ventura (68), quien recientemente fue operado de la cadera en el hospital de Prince George, se mostró agradecido con su médico por haber permitido que en su etapa de recuperación se le aplique la vacuna de Moderna.

“Yo tuve una fractura de cadera y estuve varios días internado en el hospital. Le explique al doctor que quería recuperarme los más pronto posible porque con mi trabajo ayudo a pagar la universidad de mi nieto y que también quería vacunarme. Pasaron unas semanas y recibí la autorización clínica para ser inyectado. Con el favor de Dios no me dolió nada, tampoco sentí ningún malestar”, acotó Ventura.

La guatemalteca Rita Villagómez (44), trabajadora de mantenimiento en una clínica privada de Maryland, venció sus temores al pinchazo de la aguja y hace unos días aceptó ser vacunada contra el COVID-19. 

“Desde que empezó la vacunación mis jefes me dijeron que era obligatorio inmunizarme. Nunca me gustaron las inyecciones, pero acepte para evitar contagiarme y contagiar a mi familia. Todos mis compañeros de trabajo me ayudaron a no tener miedo, me alentaron, me aplaudieron y se rieron mientras me vacunaba. Estuvo bien”, enfatizó Villagómez. 

Es necesario destacar que el ritmo de vacunación diario contra el COVID-19 en el país casi se ha duplicado en el último mes hasta las 1,7 millones de dosis diarias actualmente. Esta semana la directora de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), Rochelle Walensky dijo que los casos han estado "en descenso en las últimas cinco semanas" en el país, aunque las nuevas variantes del coronavirus amenazan con afectar este progreso.

Hasta el momento, cerca de 40 millones de estadounidenses, un 12 por ciento de la población total, han recibido al menos una dosis de la vacuna contra el COVID-19, de los que unos 15 millones también han recibido la segunda dosis.